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La memoria herida, las cadenas del silencio.

Crítica a «Ruega por nosotras»

Un espejo implacable de la violencia sistémica con telón de fondo histórico que disecciona la maquinaria ideológica del tardofranquismo.

Hay heridas históricas que un país prefiere maquillar con el silencio, guardándolas en el desván de los tabúes cotidianos para no manchar el relato oficial. En Ruega por nosotras, Daniel Monzón decide patear esa puerta para obligarnos a mirar de frente una de las páginas más oscuras y vergonzosas de nuestro pasado reciente: la maquinaria de represión y castigo institucional que operaba bajo el amparo del Patronato de Protección a la Mujer. Olvídate del director que conocías, Monzón muta hacia un dolor mucho más íntimo, asfixiante y terrenal.

La película no se anda con rodeos. Nos sitúa en la Barcelona de 1974 para acompañar a Ana, una joven de buena familia a la que su propio entorno condena a un reformatorio religioso por haberse saltado las normas morales del régimen. Desde el momento en que cruza esas puertas, la atmósfera se vuelve irrespirable. Monzón filma el cautiverio como una erosión psicológica constante, una labor de zapa diseñada para triturar la dignidad humana a base de rezos obligados, miradas inquisitoriales, culpa inoculada a fuego y castigos severos.

Fascinante y desgarrador, el guion comprende que la verdadera resistencia en ese infierno no nace de la épica revolucionaria, sino de los pequeños gestos clandestinos de afecto. El vínculo que Ana teje con Sole, otra interna curtida en el asfalto y en la supervivencia, es el único latido de vida dentro de unas paredes donde la compasión se considera un pecado. Es en esa trinchera emocional donde la película encuentra su verdad.

El Patronato no distinguía entre delincuencia y libertad individual: las mujeres lesbianas, aquellas consideradas «de mala vida» o simplemente las jóvenes con pulsiones de independencia eran metidas en el mismo saco de la perdición. La película expone con lucidez cómo la institución operaba para extirpar cualquier raíz de identidad propia, obligando a estas jóvenes a camuflarse, a reprimir sus afectos y a vivir el amor o el deseo en los márgenes más clandestinos y peligrosos, convertidos en auténticos actos de resistencia.

Otro de los asuntos más escalofriantes que aborda la cinta, aunque de forma mucho más liminal, es el castigo implacable hacia los embarazos fuera del matrimonio. Para una sociedad moralmente hipócrita como la de 1974, la joven madre soltera representaba la afrenta definitiva a la decencia burguesa y religiosa. El reformatorio funcionaba, en la práctica, como un silo clandestino donde estas mujeres eran recluidas para ocultar la vergüenza familiar hasta dar a luz.

La película toca de soslayo pero con absoluta contundencia el trasfondo de los robos de bebés y la sustracción sistemática de los recién nacidos. Existía una red de complicidades entre la jerarquía eclesiástica y el poder civil que despojaba a las madres de sus hijos bajo el pretexto de que no eran dignas de criarlos. Monzón pone el foco en la violencia psicológica y estructural. Las monjas no buscaban simplemente castigar conductas, sino convertir a las niñas en seres dóciles y sumisos. Las torturas rutinarias abarcaban desde el aislamiento y la privación sensorial hasta el castigo físico.

Sería insostenible una propuesta de esta naturaleza sin un reparto dispuesto a quemarse y el trabajo del elenco es, sencillamente, de una entrega feroz. Zoe Bonafonte transita con una sobriedad admirable desde la desorientación burguesa hasta una firmeza interior forjada a golpes. Enfrente, la energía magnética y visceral de Manuela Calle aporta el contrapunto perfecto, inyectando un hálito de rebeldía callejera que ilumina los pasillos más lúgubres del centro. Y, por supuesto, el contrapunto del terror institucional recae sobre presencias como la de Adelfa Calvo, cuya rigidez y frialdad burocrática helarán la sangre a más de uno, pues interpretan a criaturas convencidas de que están haciendo el bien, lo que las hace todavía más aterradoras.

En el plano formal, la puesta en escena de Monzón llega con precisión milimétrica. La cámara exprime los espacios de manera calculada, las paredes del reformatorio asfixian tanto a los personajes como al espectador. La dirección de fotografía abraza una paleta cromática desaturada, dominada por los grises cenicientos y los marrones sucios, logrando que casi se pueda oler el desinfectante y la humedad de unas instalaciones pensadas para borrar cualquier atisbo de individualidad.

Ruega por nosotras confirma que el mejor cine social es aquel que no da lecciones morales desde la tribuna, sino que te sumerge en el fango humano para contarte una verdad incómoda. Daniel Monzón firma un drama carcelario de corte íntimo que angustia por su veracidad y estremece al recordarnos lo cerca que nos queda, cronológicamente, el horror de la intolerancia. Una obra necesaria en los tiempos que corren para que no olvidemos de dónde venimos y, sobre todo, adonde no queremos volver a pesar de algunos.

  • Lo mejor: rescatar del olvido la infamia del Patronato de Protección a la Mujer con una mirada respetuosa con las víctimas y de un profundo calado ético.
  • Lo peor: su crudeza emocional exige estómago.

Laura Suárez Neira

Laura Suárez Neira

Licenciada en Estudios Ingleses, apasionada de la literatura, la música y la cultura. Creo que tras cada obra hay otra historia que merece ser contada y disfruto acercándola a los lectores desde una mirada cercana y crítica.

Comentarios

Comments

  1. Paco

    noviembre 2, 2026

    Bien planteada esta crítica: yo viví esa epoca…

    Responder

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