Un caos que aplasta la intriga
Tras una década de silencio desde la sobrecogedora El extraño, el regreso de Na Hongjin con Hope se perfilaba como uno de los grandes acontecimientos del cine coreano reciente. Sin embargo, lo que prometía ser una deslumbrante reinvención del cine de criaturas y ciencia-ficción termina revelándose como un monumento a la desmesura, donde el talento del director se disuelve en una maraña de tonos discordantes, persecuciones interminables y una evidente desconexión emocional con el espectador.
La película arranca situándonos en un entorno rural aislado, una comunidad donde la rutina se quiebra de golpe al asomarse una amenaza biológica. Ese primer tercio aún respira algo del viejo talento del cineasta, hay una atmósfera densa, un misterio que flota en el aire y la sensación de que algo terrible acecha más allá de los árboles. El problema es que la película se desmorona en cuanto decide abarcar más de lo que puede sostener.
El guion se empeña en saltar de manera atropellada entre el thriller de supervivencia, el comentario social sobre la histeria colectiva y un desfile de ciencia ficción aparatoso. En lugar de afianzar la tensión, el relato se convierte en un bucle de gente que corre por el monte gritando desesperadamente y en una repetición de situaciones que no aportan ni un ápice de profundidad. La escala del desastre crece en pantalla, pero el interés, paradójicamente, se desploma a medida que los minutos se acumulan sin fijar el rumbo.

Uno de los mayores hándicaps de la propuesta es su incapacidad para conectar con el espectador a través de sus personajes. Lejos de construir figuras humanas con las que empatizar en medio del caos, el reparto queda atrapado en un guion unidimensional. Protagonistas y secundarios por igual se pasan la mayor parte del tiempo esprintando como pollos sin cabeza y reaccionando de forma histérica ante cada nuevo sobresalto. Sin embargo, lejos de ser una histeria natural, se percibe como un histrionismo excesivo que hace parecer tonto a todo el pueblo.
No hay espacio para la complejidad psicológica, pues todos son meras piezas de atrezo destinadas a ser zarandeadas por una dirección que confunde el movimiento frenético con el buen ritmo narrativo. Con tanto estruendo a su alrededor, el interés por el destino de los personajes se acaba diluyendo.
Cuando la película pretende ponerse trascendental en su recta final, uno ya lleva demasiado tiempo desconectado de la pantalla para preocuparse de quién vive o quién muere.
- Lo mejor: alegrarse la vista con Jo Insung, que decidió que era buena idea no usar un doble de acción.
- Lo peor: ninguna de las apuestas funciona de verdad, muchas preguntas y ninguna respuesta.





