El espíritu Zelda regresa
Si te sientes nostálgico de los primeros juegos de The Legend of Zelda, Echo Isle es definitivamente tu juego. Echo Isle es una aventura corta retro RPG con una energía cien por ciento «zeldística» en la que encarnas a una estrella caída. O bueno, eso se supone que eres, ya que rápidamente y por mayor comodidad, tomarás el aspecto de un joven de pelo color aguamarina y túnicas azules sin un nombre claro.
Te encuentras en la Isla Eco, una pequeña isla que cuenta con apenas unos siete habitantes, de los cuales uno es un perro; y un imponente faro en el centro, cuya luz debe volver a iluminarse de tu mano: el héroe caído del cielo. Lo primero que encontrarás es el humilde pueblo, donde un anciano te indicará una cueva cerca de unos enemigos rábano sencillos para conseguir tu espada, mientras por el camino encuentras una niña con el perro y un joven apasionado por la pesca, que poco aportan sino algo de vida al pueblo.

Una vez espada en mano pasarás por las cuatro mazmorras de la isla que guardan los cristales de eco, cada una siendo una pequeña prueba de habilidad donde sacar el máximo provecho de los objetos mágicos que obtendrás, como la pluma para saltar, una bufanda para nadar o un suministro infinito de bombas para romper las rocas. Las mazmorras no suponen un puzzle demasiado difícil, y mucho menos si ya tienes experiencia en los Zelda retro como Link’s Awakening o A Link to the Past.
Este juego es, en mi opinión, ideal para un primer contacto para estos juegos algo más exigentes de la saga, ya que Echo Isle castiga mucho menos que los juegos originales. Si mueres tan sólo volverás al último punto de guardado, que hay muchísimos disponibles y son baldosas especiales por las cuales sólo con pasar encima ya se realiza el guardado rápido de la partida. No ganas tantos corazones extra como en otros juegos de Zelda, pero los que ganas son más que suficientes y no los encuentras por pedazos, sino directamente uno entero, fomentando la exploración que no es tampoco demasiado exigente. Además, los enemigos caen con pocos golpes y suelen moverse con cierta lentitud, siendo los únicos que han llegado a darme problema aquellos hombres pez del templo del agua, que te arrojan peces y están a la distancia justa para golpearlos arriesgando a que si no calculas bien podrías caerte al agua y ahogarte.

Todo en este juego te hace pensar que es una versión graciosa y más amable de Link’s Awakening, pudiendo terminar el juego en apenas una hora o dos. Cerca del final, sobre el cual voy a evitar hacer spoilers, se nos presenta un giro interesante y de nuevo un golpe a la nostalgia, con un jefe final de esos que nos ponen contra la espada y la pared, pero que una vez entiendes sus patrones se vuelve muy grato de dominar y con una última chispa de historia muy interesante, casi como si el desarrollador de este juego quisiera darnos a entender que hay algo más profundo más allá de esta isla colorida y una historia simple y disfrutona.
Por otra parte, si el combate no es lo tuyo, la exploración puede que sea lo más enriquecedor del juego, ya que siempre pareces encontrar ese camino por el cual “luego deberías ir a revisar” o “tengo que volver cuando tenga esa mejora” y que, al final, el juego logra que se sienta necesario, como si explorar esos rincones fuera, de hecho, algo vital para exprimir al máximo la aventura de esta pequeña isla.
Me encantaría hablar más sobre los bosses o las mazmorras, o incluso sobre ese giro final que he comentado, pero al fin y al cabo el juego, siendo indie, ataca tan finamente a la nostalgia y es tan simpático de ver y jugar, con unos controles perfectamente responsivos y escenarios pixelados pero atrapantes, que creo que precisamente son esos puntos los que es mejor descubrir por uno mismo, disfrutarlos y casi sentirse con esa Game Boy Color en tus manos una vez más.


