Una rebelión silenciosa.
Imágen adquirida del banco de imágenes Shutterstock.
Algunos medios tradicionales y digitales, en busca de la cantidad de vistas o la viralización, han instaurado la costumbre de explicar (o más bien, creer que explican) de manera simple conflictos complejos, históricos y profundamente humanos. Que, como tal, no pueden simplificarse. Nos fuimos alejando de las fuentes y todo lo que consumimos está masticado y regurgitado mil veces.
Dentro de esta automatización recae la formulación de ideas propias. Con el mismo desparpajo con el que emitimos juicios, creemos que que dos oraciones de explicación son suficiente fuente para defender un ideal. Ya está todo dicho y solo tomamos una frase hecha para reciclarla cuantas veces amerite el contexto.
De a poco nos fuimos apagando como los colores en las nuevas producciones de cine. Nos vemos opacos y rara vez nos preguntamos por qué. Cada vez más adormecidos, con la capacidad de asombro como algo ajeno y con la apatía como compañera.
El odio se propaga con una rapidez escalofriante: De repente, por ejemplo, la plataforma X (Twitter en mi corazón) se llena de comentarios atacando y promulgando un odio impostado hacia alguna nación de turno. Todo sucede de la noche a la mañana y nadie se explica muy bien cuál fue la chispa que encendió esa pólvora, pero la replican. Y como este caso, miles, en un espacio lleno de defensores de una moral tan superflua que, al recabar un poco, se desploma en pedazos. Influencers que de ser amados pasan a ser cancelados en cuestión de meses. Hablamos de política pero “sin querer meternos en política”; creemos tener la fórmula del crecimiento económico sentados en el living de casa mientras una porción del mundo está siendo bombardeada; «sí, porque la inmigración perjudica a los locales», comenta un estadounidense radicado en Barcelona.
Hablamos pero no pensamos en lo que decimos, hacemos bromas y no nos cuestionamos a quién hiere, creemos que ya pasamos por esta instancia llena de racismo, desprecio e individualismo, que la habíamos mantenido a raya con un poco de progresismo hace unos años atrás, y resulta que la violencia y la sectorización nos está mordiendo los pies. De nuevo. Se acusa y se señala con el dedo al afuera cuando pecamos de lo mismo que repudiamos.
Cuando hablo de automatización no me refiero únicamente a la tecnología, sino al hábito de delegar cada vez más nuestro criterio. Ya no leemos, no buscamos, no analizamos, no nos preguntamos, no volvimos a destinarle tiempo de atención a algo profundo. Se plantea un tema y ni siquiera termina de asentarse, que ya estamos pasando al siguiente. Y de esa manera todo se vuelve liviano.

Lejos de querer bastardear a la inteligencia artificial, es necesario reparar en las maneras en las que se la usa, y en cómo ésta práctica también se convierte en reflejo. Hemos pasado de leer artículos con divulgación valiosa, consultar varias fuentes y comparar sus conclusiones a hacer una pregunta a nuestro ChatGPT y atenernos a una respuesta generada en segundos: Un rejunte de información extremadamente simplificado de lo que personas tardaron años en recaudar, analizar y plasmar para ponerlo al servicio de los ciudadanos. Quizás, la respuesta no es volver a las cavernas ni entregarnos totalmente a los generadores de pensamiento automático. Tal vez se trata de volver a construir un sentido crítico, de retomar las riendas de nuestra propia moral y de ser responsables del contenido que consumimos y con el cual nos instruimos. Posiblemente, lo mejor sería recibir una respuesta simple a una pregunta de manera introductoria, y luego encargarnos con gran fidelidad a nuestra condición de personas, de profundizar eso para luego, responsablemente (y solo si es necesario), emitir una opinión
La contracorriente
Pero no venimos aquí a seguir haciendo descripciones de la realidad que nada aportan. Creo siempre, que lo mejor que podemos hacer las personas es proponer, o al menos, atisbar, algo que nos acerque mínimamente a una especie de redención.
La productividad excesiva, el consumo, los productos que nos mantienen enganchados a una pantalla, ya no son meramente observaciones desde una posición política. Se han convertido en una realidad, que paulatinamente, ha ido transformando nuestra dinámica para relacionarnos, para comunicarnos asertivamente, para buscar espacios de conciliación, para volver a mirar lo bueno que podíamos heredar de nuestros ancestros y cuestionarnos qué podemos aportar para el futuro.
Dentro de la resignación respecto al rumbo que toma la humanidad, no deberíamos olvidar que, aún así, formamos parte de un microcosmos en el cual sí somos influyentes. En esta reducción de ideas que parecen caricaturizar las situaciones personales y colectivas, la contracorriente comienza a ser el volver a enfocar la vista con atención al prójimo y entrenar la curiosidad genuina como motor para querer entender las cosas siempre un poquito más.
Retornar a la pasión.
En todo este contexto complejo, contradictorio y de extremos que se tocan y se vuelven a distanciar, hay una cosa que permanece allí, como una resolana lejana entre la nubosidad. La cultura. Mucho se ha debatido si la cultura es sinónimo de “clase”, si algunos tienen más derecho o no a acceder a ella. ¿Qué es la cultura? ¿Quién es una persona culta? ¿Qué es cultura y qué no lo es? A todas estas interrogantes, propongo materializar un poco la filosofía que nos deja pedaleando en el aire, y pasar a lo más certero. Cultura es nuestro bagaje artístico e identitario a lo largo de toda nuestra historia como habitantes de la Tierra, y, tendiéndole la mano a la hiperconectividad esta vez, hoy todos tenemos acceso a ella.
Volver a leer un libro, ensayos, papers, ya sea de manera digital o física. Instarnos a volver a sentir curiosidad por los documentales, películas o producciones artísticas que siempre proponen sobre la mesa esos temas que, posiblemente, estemos ignorando, son algunas formas de retomar contacto con esa parte que nos hace humanos. Consumir la producción artística del otro, adentrarse en su universo emocional, entenderlo por al menos una hora seguida, mirar a los ojos quién tiene una experiencia para contar y tratar, con todas nuestras fuerzas, de retenerla en nuestro fuero interno. Que no se esfume como el reel que vimos en Instagram a la hora de comer.
¿Qué tiene un integrante de una etnia diferente a la mía para contarme? ¿Qué enseñan sus costumbres? ¿Qué más puedo aprender para conocer por el simple hecho de valorar su existencia? ¿Cómo puedo respetarla? ¿Qué dice este conflicto entre dos países o más sobre la realidad del mundial? ¿Hay otros fines detrás? ¿A dónde nos lleva? ¿Cómo afecta eso a su población, e incluso, a mí? Y todavía, en ese nivel de búsqueda, la emisión de un juicio no es inminente.

Distando de querer ofrecer posiciones idealistas e ingenuas, creo más que nunca que la contracorriente de un entorno lleno de hostilidad es evitar, a toda costa, caer en ella. Impregnarnos de desazón, desesperanza y tristeza, solo nos llevará a contribuir a nuestro alrededor, con los mismos valores con los que nos ha estado encerrando el sistema. Cuando se piensa en la forma de contrarrestar la crueldad, se viene automáticamente el hecho revolucionario de no perder la pasión por investigar, conocer, crecer y dar.
Con honestidad, si estás leyendo esto desde algún dispositivo y tienes el tiempo suficiente para dedicárselo a la lectura, quiere decir que cuentas con privilegios por sobre otras personas. Y lejos de instaurarse una culpa por ello que no viene al caso ni lleva a ningún lado, una forma de agradecer esas posibilidades es haciéndose cargo de ellas. Quiere decir que se puede optar hacer lo que elegimos hacer con pasión, con cariño, con intención, con búsqueda de profundizar lo que sale como resultado de todo eso. Se puede volver a intentar recobrar ese color que creímos perder, y cuando creamos que no, miremos al de al lado para retroalimentarnos, para observarlo y para, en silencio, aprender de él.
Reconsiderar la pasión es percatarse de cada detalle que detiene un poco el tiempo. Que los que tienen la posibilidad de trabajar de algo que aman, sigan amando cada día con más fuerza lo que hacen, porque lo que aportan a la sociedad será de un valor incalculable. Que quienes no, puedan encontrar un hobby o una pequeña práctica que hagan que el paso por esta vida valga la pena. Retomar la pasión por lo minucioso, por lo que lleva un poco más de tiempo desentrañar y aprender, es contrarrestar lo arrolladora que puede ser la actualidad y sus ideas simplistas. O, al menos, si decidimos continuar con el tipo de consumo rápido por cualquier razón, tener la plena consciencia de que eso es solo una mínima parte y que lo que desconocemos es infinito.
Lo complejo nos insta a movernos de nuestro lugar, a buscar en un escrito una perspectiva distinta, a encontrar en una película un mensaje que nos interpele, a tratar de comprender la poesía y esos sentimientos tan profundos que nos hablan de unos ojos que miran sensibles a la humanidad.
Cada gesto de atención y de amor por lo complejo devuelve un poco del color que creíamos perdido. La generalización es solo vagancia para el pensamiento y el corazón.






Comments
Liliana
Excelente análisis, de algún modo me devuelve la esperanza…
Eugenia
Muy interesante!!!