La ambición de romper con el terror convencional.
Lily (Maggie García) es una joven introvertida que acaba de incorporarse a un cerrado grupo de amigas. Su vida da un giro cuando viaja junto a ellas a una casa aislada en el bosque para realizar un ritual de iniciación a la brujería durante el equinoccio de otoño y completar el círculo de los cuatro elementos. Lo que comienza como una supuesta celebración de brujería blanca en armonía con la naturaleza se convierte en una diabólica pesadilla cuando las verdaderas intenciones del grupo salen a la luz.
Girar en torno al mito de Lilith y los sacrificios de brujería no era una tarea fácil, pero la apuesta de Manu Herrera, con guion coescrito junto a Javier Fernández Moratalla, busca invertir el imaginario clásico del terror ritual. El argumento, que al principio parece plantear una trama de sororidad que se quiebra por la ambición y el egoísmo, se transforma en la pantalla en un ejercicio visceral de género que difumina la línea entre protagonistas y antagonistas.

El gran acierto de El ritual de Lily reside en su vertiente técnica y formal. La película no escatima en crudeza visual y abraza el horror sobrenatural con un despliegue de efectos y caracterización sencillamente sobresalientes a cargo de Pedro de Diego. El diseño del personaje de Lilith destaca por encima del conjunto. Su apariencia consigue convertirla en una presencia verdaderamente perturbadora sin depender exclusivamente de los recursos digitales, demostrando una vez más hasta qué punto el maquillaje y los efectos prácticos pueden enriquecer el terror cuando están puestos al servicio de la historia.
No puedo dejar de aplaudir la dinámica entre el reparto coral, encabezado por Maggie García y completado por Patricia Peñalver, Eve Ryan y Elena Gallardo, que impulsa la tensión interna del grupo. Hay química entre ellas y, más importante todavía, resulta fácil creerse la relación que mantienen, sus conversaciones, sus complicidades y, especialmente, sus reacciones ante aquello que comienza a suceder. Esa naturalidad hace que el espectador dude en más de una ocasión cuando llegan sus distintos giros, consiguiendo que algunas revelaciones funcionen precisamente porque, hasta llegar a ellas, existen varias posibilidades sobre lo que está ocurriendo. El resultado es una película que sabe administrar la información y mantener el interés. García, además, compone a un personaje vulnerable que transita progresivamente desde la ingenuidad hasta el despertar de una fuerza amenazante. Por su parte, el trío de amigas despliega esa frialdad de quienes ocultan un oscuro secreto, haciendo de la traición el motor dramático de la historia.

La película brilla especialmente en el contraste de sus pasajes: la atmósfera dentro del bosque, la calma aparente del viaje por carretera y la escapada relajada entre amigas chocan de forma radical con el estallido de violencia del clímax. El tramo final se resuelve en una sangrienta escalada que se aleja de las convenciones habituales del terror adolescente, aportando una vuelta de tuerca a la figura de la víctima y recordándonos que las apariencias en los ritos antiguos son solo el velo de una verdad mucho más oscura.
También resulta especialmente acertada la elección musical. Dover y, concretamente, Devil Came to Me, se convierten en una pieza fundamental de esa identidad noventera que envuelve la película. El propio título parece jugar de manera deliciosa con aquello que el espectador está a punto de encontrarse. Es un detalle que demuestra el cuidado con el que se ha construido la película y que termina formando parte de su personalidad.
El ritual de Lily se posiciona como una interesante adición para los amantes del cine fantástico y de género indie. Es una propuesta incómoda y modesta, que transita entre el folk horror y la venganza sobrenatural. Una película galardonada en el circuito internacional de festivales que constituye una cita muy estimulante y que bebe de una tradición profundamente arraigada en nuestra cultura para construir una cinta que ofrece exactamente lo que promete y, afortunadamente, un poco más.
Lo mejor: el espectacular trabajo de caracterización y la frescura de un elenco joven que funciona como un verdadero aquelarre.
Lo peor: que el terror siga siendo uno de los géneros más maltratados.





