Una historia que se repite
Forastera centra su historia alrededor de Cata, una joven que pasa sus vacaciones de verano en Mallorca junto a sus abuelos y su hermana. Tras presenciar la repentina y trágica muerte de su abuela comienza un juego de roles en el que poco a poco se filtra la personalidad de la fallecida en la joven. Galardonado con el Premio de la Crítica (Fipresci) en el Festival Internacional de Cine de Toronto este film verá la luz en salas el 11 de septiembre.
Lucía Aleñar Iglesias debuta por todo lo alto con esta película, pero no lo hace desde la nada. Forastera proviene de un cortometraje homónimo de la directora que ya fue presentado en 2020. Este corto plantea una base para lo que será su réplica de larga extensión la cual adopta una estética y una búsqueda de sensaciones más cuidada, en palabras de la propia Lucía Aleñar:
Ya existía un universo construido en el corto, pero sabía que el largo debía ir más allá. Me interesaba profundizar en la historia de Cata, empoderar su personaje y ampliar el foco hacia los demás miembros de la familia. […] A nivel visual, el corto tenía un aire nostálgico y mediterráneo que hemos mantenido, aunque ahora el mundo de Forastera se convierte casi en una burbuja
Y es precisamente de los personajes y de la burbuja creada de lo que me gustaría hablar.
En primer lugar considero que las actuaciones son verdaderamente remarcables y, hasta cierto punto, destacan la importancia de la gestualidad en lo cotidiano para expresar sentimientos muy profundos. Lluís Homar, (Tomeu, el abuelo en la película), tiene una larga trayectoria a sus espaldas que lo convierten en un pilar sólido de la actuación y que construye un personaje familiar, complejo y creíble. Esto se acentúa con la actuación de Zoe Stein (Cata, la protagonista) que a sus 26 años complementa el trabajo de Lluís al tiempo que resalta en sí misma por sus propios medios. Zoe ya había sido la protagonista en el cortometraje y creo con sinceridad que ha resultado la elección perfecta para representar a Cata en ambas ocasiones.
Sin embargo, ocurre algo, una sensación de incertidumbre. La película sobrevuela algunas cuestiones principales como el duelo, una suerte de espiritismo costumbrista y la identidad, y estas cuestiones están enmarcadas en un contexto específico: Mallorca en verano a través de la mirada de una joven. El efecto que produce esta visión en concreto es delicioso, y muy posiblemente esté sesgado por mi gusto particular de este tipo de simetrías visuales y juegos de colores, o por mi origen mediterráneo y la inevitable idealización del mismo, pero no puede evitar fascinarme.
Visualmente la película es hipnótica y reconfortante a partes iguales, toca una fibra nostálgica que está omnipresente incluso para aquellas personas que no guardan recuerdos de veranos en aguas baleares. En este sentido, solo puedo tener palabras de elogio para Agnès Piqué (Directora de fotografía) y Paola Freddi (Montadora) así como el resto del equipo que lo han hecho posible.

Una vez se ha superado la barrera de lo visual, toca mencionar el tema principal de la película y su ejecución. Entiendo profundamente la elección de lo espiritual y las experiencias comunes al respecto, sobre todo con la muerte repentina de seres queridos. No obstante, a pesar de que no interrumpe la historia, sí que siento que este espiritismo la empaña por momentos. Hay una escena en concreto que creo que representa bastante bien a lo que me refiero: cuando la abuela aún vive menciona el trabajo que les ha costado cambiar la barandilla del porche y cómo lo que quieren hacer a continuación es un pequeño jardín donde la abuela pueda plantar sus verduras. Un detalle aparentemente cotidiano. Más adelante, tras la muerte de la abuela y la aparición de Pepa, madre de Cata, el abuelo permanece abatido y casi mudo ante la repentina muerte de su mujer. Cuando recobra el habla lo hace para preguntarle a Pepa si se ha fijado en que han cambiado la barandilla.
Esa escena me rompió profundamente y aún recuerdo la sensación al verla en el cine. No hay necesidad de diálogos grandilocuentes ni escenas dramáticas con aire de lección universal. Este es el inmenso potencial de la película, una lectura del duelo en un entorno cotidiano que no necesita más que esa interacción para expresar una complejidad y unos sentimientos sobrecogedores. Por eso, la aparición de lo fantasmagórico (por más sentido que tenga y bien incorporado que se encuentre) me genera un poso ligeramente amargo.
En definitiva me parece un debut admirable, una exploración del duelo que, sin ser completamente original, apuesta por una construcción distinta y con una ejecución magnífica, pero sobre todo me alegra haber presenciado un enorme descubrimiento y un potencial bruto de nuestro cine. Tanto su directora como su actriz principal han tocado a la puerta del cine internacional con una obra de la que estar realmente orgulloso.





