«¿Adónde van las almas cuando se muere el cuerpo?»
Han Kang experimenta para narrar la barbarie
He dudado si escribir o no esta crítica debido a que esta obra merece ser interpretada sin intermediarios. Aún así, he tenido la necesidad de hacerla porque se ha convertido en una de mis mejores lecturas de los últimos años. Y eso es más poderoso que cualquier otra cosa. Dicho lo cual, esta crítica solo debería leerse en el caso de que hayas leído la novela o en el que no tengas pensado hacerlo. En mi caso he leído la edición de Rata, publicada en 2018.
Los acontecimientos que disparan la tragedia de esta obra son los que ocurrieron en Gwuanju en mayo de 1980. El 17 de aquel mes estudiantes, profesores, sindicalistas y políticos iniciaron una serie de protestas en distintas ciudades del país. Los protestantes se oponían al cierre de universidades y otras medidas de las autoridades lideradas por la férula general de Chun Doo-Huan, protagonista de un golpe militar el año anterior. Las protestas fueron especialmente masivas en Gwuanju, lo que provocó que la noche del 23 de mayo el ejército llevara a cabo una matanza cruenta de 2000 civiles según la prensa y las investigaciones y 166 según el ejército.
Especialmente reveladora es la pregunta que se hace Dongho, el personaje del primer capítulo, la cual recordaría su compañera años después:
«¿Por qué les cantan el himno nacional a esas personas que mataron los militares?» (2018:21)
Con este escenario como contexto, la novela recorre constantemente la idea de aceptar o resignarse a ser humano y, sin embargo, no perdonarse como víctima de otros. No tiene mucho sentido tratar de comprender por qué un coreano le haría eso a un compatriota, pues en el capítulo 5, «Hierro y sangre» nos percatamos de que el torturador directamente no ve a las víctimas como humanos. Como para pensar aquí en la patria…
Es tal el dolor de las víctimas que no culpan a aquellos que cometieron la barbarie, sino a sí mismos por nacer como iguales. Como humanos. Si bien es cierto que esta idea es la columna vertebral de la novela, simplificarlo a eso sería quitarle a la obra gran parte de su potencial literario.

En el capítulo 2, «Las avecillas», Han Kang idea una teoría de las almas para el desarrollo de su ficción y, ya que se pone, experimenta con una técnica narrativa mediante el uso de esta teoría. Habla de cómo el alma permanece al lado del cuerpo cuando este muere como si se tratase de una avecilla que sale del interior. No es que sea una metáfora especialmente innovadora, pero tampoco le interesa hacer un tratado metafísico. Lo que es innovador es cómo utiliza este recurso en combinación con el cambio de persona a través de los siete capítulos que componen la obra. Y, subiendo la apuesta, lo que a primera instancia puede resultar un recurso extraño: la narración desde la perspectiva de un alma o, si se prefiere, una consciencia sin cuerpo físico.
Han Kang tiene la habilidad literaria de convertir un campo lleno de cadáveres en una hermosa nube de avecillas. Y aquí sí hay un punto fuerte: no solo consigue llevar al lector una imagen poética nítida de lo que remite, sino que es capaz de moldear la sugerencia de la imagen. Transforma lo que esperas ver o, dicho de otro modo, es capaz de modificar nuestras connotaciones sobre cierta imagen.
A estas alturas no es novedoso en la literatura contemporánea la visión de un mismo evento o personaje desde diferentes miradas. Y a pesar de la falta de novedad, es una técnica que sigue causando impacto cuando se ejecuta propiciamente. Han Kang es una maestra en ese aspecto. No solo nos muestra el mismo evento o personaje desde diferentes prismas, sino que lo muestra a través del tiempo. Los capítulos finales sirven a la tarea de contemplar cómo interpretan los eventos del pasado los personajes del presente. Y con eso, abre otra de las claves de la novela: el miedo al olvido.
Ese miedo lo vemos por primera vez en el momento en que un personaje quiere recordar a toda costa para no sentirse más cerca de la muerte, pero también lo vemos en esos personajes que hablan de aquellos que se perdieron, que se resisten a olvidar la barbarie que se cometió. Porque, al final, no todo es perdonable. Y no lo es porque a veces no podemos perdonarnos ya no desde la individualidad, sino como humanos, porque resulta estremecedor ver cómo se cometen ciertos actos sin dudar, como si dentro de algunos de nosotros no hubiera nada. Ni siquiera odio, ni siquiera pasión.

En el capítulo 2, «Las avecillas», el punto de vista cambia y vemos la necesidad de recordar para seguir vivos. Un personaje fallecido trata de recordar para aferrarse a una vida que sin embargo ya no posee. ¿Qué es estar vivo? ¿Tener recuerdos y un cuerpo físico es suficiente? Aunque la respuesta sea afirmativa, el personaje no posee ya un cuerpo, aunque se ve a sí mismo en tercera persona. Lo que sí conserva son los recuerdos.
Otro recurso recurrente de Han Kang es el de mostrarnos a los personajes vistos desde el punto de vista de los otros. Ya lo hace en La vegetariana, en el que nos muestra al personaje siempre desde esa tercera persona. Pero en este caso sí nos enseña ambas perspectivas. En este caso genera un sentimiento de acercamiento aún mayor. No es solo una visión, que por cierto, es magistral la forma en la que el narrador niño nos ofrece la personalidad de Jeongmi, la hermana mayor de su amigo: «te preguntaste cómo haría ella para estudiar a escondidas…» no está haciendo una descripción exhaustiva del personaje, ni siquiera fidedigna, nunca sabremos cómo ese personaje se ve a sí mismo, solo necesitamos conocer la ternura con la que el narrador nos la describe para hacerla humana, tangible y que, por supuesto, los destinos de todos nos duelan profundamente.
«Al ver a Jeongdae tan temeroso de su hermana, esa chica tan menuda y de ordinario tan callada, tu madre y tu hermano se habían desternillado de la risa». No hacen falta descripciones completas para ver a un personaje, y este es un caso claro. Esto lo recuerda en un momento en el que ve el cadáver de una chica que le recuerda a ella. ¿Acaso es ella? Casi no puede discernirlo por mucho que lo mire. El deterioro es demasiado avanzado. ¿Qué llevaba puesto cuando la vio salir el día que todo empezó…?
En el episodio 3, «Hierro y sangre», el personaje es constantemente torturado. Esta frase queda muy lejos de significar lo que es leer ese episodio. El ejercicio empático no requiere esfuerzo alguno con una autora que capta la fotografía del alma como pocas veces he visto. Hay un momento concreto en el que el narrador entiende por qué lo están torturando. Hay un momento concreto en el que como lectores entendemos lo que implica ser humano también para esto:
«Haremos que caigáis en la cuenta de lo ridículo que fue que agitarias la bandera y cantarais el himno nacional. Os mostraremos que no sois más que unos cuerpos sucios y malolientes, masas de carne con llagas supurantes, alimañas hambrientas». (2018:136)
La cita no requiere comentario alguno. Primero vemos en un presente lo que fue la masacre, vemos a las víctimas y su infierno personal. Después, vemos lo mismo pero referido a través del tiempo en los capítulos siguientes. Leemos para interpretarnos, pero a menudo lo hacemos para comprender que no conviene olvidar los actos humanos.




