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La fascinación de observar en la novela estrella del Premio Nobel 2024

«La vegetariana»: el terror de la tercera persona

Han Kang se aproxima a la cuestión universal de la inocencia a través de una ama de casa surcoreana. Su breve historia de terror corporal encierra preocupaciones más profundas sobre cómo nos relacionamos con lo que observamos: ¿somos inocentes desde la observación de una metamorfosis psicótica?

Yeonghye impondrá en casa una dieta estrictamente vegetariana que su marido aceptará entre atónito y molesto. Este será un primer acto subversivo seguido de muchos otros en su búsqueda de una existencia más pura y despojada.

Así describe Penguin Random House el argumento de La vegetariana, la obra más popular de la ganadora del Nobel de Literatura 2024, Han Kang. Ese mismo año, la traducción al español de la novela surcoreana fue publicada por la marca editorial. En el texto de contraportada, donde figura esta frase, los editores de Random House describen el mundo vegetal como «un lugar donde el poder erótico y floral de su cuerpo romperá las estrictas costumbres de una sociedad patriarcal y ultracapitalista». Siguiendo esta provocadora introducción, me esperaba la lectura de una variante novelística de La política sexual de la carne, en el que el personaje femenino principal encontraría una magnífica emancipación gracias al vegetarianismo como «subversiva» decisión política. Sin querer criticar a Random House (sobre todo si están contratando), quizás sus editores deberían andar más cautelosamente con su enfoque de márketing: La vegetariana resulta ser una historia de terror corporal en la intersección de las temáticas del abuso, las relaciones de poder y el poder de lo onírico para animar cambios en la conducta humana. 

El vegetarianismo se le presenta a la protagonista, Yeonghye, en un sueño. El comienzo de su súbita transformación viene descrito por su marido:

Ella estaba en cuclillas, vestida con el mismo camisón, y con el pelo despeinado cayéndole a ambos lados de la cara. A su alrededor y sobre el suelo de la cocina había desperdigadas tantas bolsas de plástico y recipientes herméticos que no había donde poner los pies.

(2024:16)

Viven en un pequeño apartamento donde la vegetariana se encarga de todas las cuestiones domésticas mientras el narrador trabaja. En medio de la noche, le despiertan el ruido y las luces y, como una aparición, encogida sobre el suelo de la cocina, al marido le inquieta su esposa y su silencio obstinado. En la escena, el esposo de Yeonghye le aprieta la muñeca hasta enrojecerla, para hacerle soltar un paquete de carne congelada. Ella solo repite: «He tenido un sueño». A lo largo de las 167 páginas de la novela, el monólogo interno de Yeonghye sólo aparece para describir, detalladamente, sus pesadillas. Se suceden imágenes de charcos de sangre, carne cruda colgada de ganchos, caras irreconocibles, y la certeza de haber asesinado a alguien son todo lo que el lector percibe, directamente, de la protagonista. Su proceso de «búsqueda», como lo llama Random House, aparece pormenorizado desde tres puntos de vista, separados en las tres secciones de la historia: el de su marido, el de su cuñado y el de su hermana. Todo queda en familia. 

Desgraciadamente, pronto se hace evidente que es en el seno de la familia misma donde se cuece la violencia. En la suya, Yeonghye provoca irritación, asco, rechazo, y hasta temor. Poco después de encontrarla tirando la carne en el suelo de la cocina, el marido sube al metro, apresurado. Cuando mira por la ventana, le sobreviene una imagen fantasmagórica: «su cara pasó como una ráfaga contra la oscuridad del túnel, al otro lado de la ventanilla del metro en movimiento» (2024:17). El estilo de Kang, simple y sobrio, estampa imágenes simples, pero de marcada fuerza visual. Breves escenas de violación conviven con la descripción del desempeño de tareas domésticas. A pesar de hacerse vegetariana, la protagonista sigue cocinando para su marido y limpiando la casa. 

Han Kang fotografiada en Londres. David Levene/The Guardian

Desde el punto de vista de los personajes-narradores, la vegetariana acaba por resultar camaleónica. El primero de todos, su marido, la escoge por anodina, ya que «no parecía tener ningún atractivo especial», pero «tampoco parecía tener ningún defecto en particular» (2024:11). Cuando su comportamiento se vuelve extraño, el marido siente miedo, ante el desconocimiento de la esposa que creía conocer como un ser desmotivado. Otros personajes la observan analíticamente, pensando que «quizás en su interior ocurrían cosas terribles, cosas tan inimaginables que ya tenía más que suficiente con tener que convivir con ellas en la vida diaria» (2024:81). Sin embargo, estas palabras no puedo tomarlas como hecho, producidas desde ojos ajenos que sólo suponen lo que se puede esconderse detrás del silencio obstinado de la vegetariana. 

Ilustración de la cubierta de Miquel Tejedo

En varias ocasiones, Yeonghye observa bosques y árboles. En una escena particularmente interesante, se queda de pie, en la lluvia, observando la tierra, completamente inmóvil. Por alguna razón, me recordó a una letra de Mitski, muy manida ya por su estatus de letrista tristona por excelencia. La voz poética de la canción imagina ser un incendio forestal, y comienza una composición en primera persona: «I am the forest and I am the fire and I am the witness watching it». En la ilustración de cubierta de Random House, figura una mujer de espaldas, desnuda, con ramas rojas brotando de sus lumbares, como un árbol de sangre escarlata. ¿Es el motivo de la mujer-árbol lo que une las dos obras en mi pensamiento? Me doy cuenta enseguida de la distinción. La canción de Mitski es voyeurística hacia sí misma: ella es el bosque, el fuego que destruye al bosque y que es parte del bosque mismo, y la persona que observa su propia destrucción, en una manifestación de violencia auto ejercida. De la vegetariana aparecen descritas simplemente sus acciones por el ojo de cerradura que son los ojos de aquellas personas que la limitan. La primera persona de la protagonista en crisis autodestructiva no se encuentra en ningún lugar de la narración. Yo, como lectora, me superpongo a los familiares que la vigilan, pues sólo a través de ellos puedo mirarla no comer y no dormir. 

En una crítica siguiendo la traducción al inglés de La vegetariana, publicada en The Guardian, la reseñista, muy acertadamente, comenta: «Me identifico con esta mujer que preferiría volverse loca antes que continuar como un engranaje en el loco establishment; aunque tengo que conservar mi trabajo en este odioso sistema, mi lealtad está con ella; soy una atormentada, no una atormentadora.». Después, viene el golpe de realidad: «en realidad, la mayoría, si no todos, somos atormentadores atormentados.». La vegetariana participa de un ejercicio reflexivo: ¿siento por ella la misma confusión, fascinación o inquietud que sus familiares torturadores? En El placer del texto, Barthes escribe sobre el lector voyeur que posee un «placer edípico (desnudar, saber, conocer el origen y el fin)» (1993:20). La novela de Kang presenta continuamente imágenes de desnudez. La vegetariana se despoja de su ropa cuando va a tomar el sol, «más cómoda desnuda que vestida» (2024:97). La prosa es limpia y directa, y hasta los sueños se plasman con certeza descriptiva, casi clínica.

En una entrevista concedida en 2016, Kang comenta: «Esta novela no es una simple crítica al patriarcado coreano. Quería abordar mis persistentes preguntas sobre la posibilidad/imposibilidad de la inocencia en este mundo, que se mezcla con tanta violencia y belleza.». Su exploración de la inocencia radica por un lado, en la vegetariana, que confía en una transformación vegetal que le saque del animalismo; por otro, en los familiares, narradores, que agravan o mantienen su estado. Inevitablemente, la cuestión se vuelve hacia una misma. Citando otra vez a Barthes, cuya descripción del texto como un cuerpo humano me trae a la mente el terror corporal de La vegetariana, «es la intermitencia la que es erótica: la de la piel que centellea entre dos piezas (el pantalón y el pulóver), entre dos bordes (la camisa entreabierta, el guante y la manga); es ese centelleo el que seduce, o mejor: la puesta en escena de una aparición-desaparición» (1993:19). Leo la misma imagen, el continuar del proceso del mismo personaje, desde los contrastes de tres puntos de vista. Accedo, además, a sus sueños profundos y, al intentar unirlo todo, resalta el misterio: ¿acaso no es un proceso autodestructivo negarse a ser humano? ¿Consigue la protagonista la inocencia que anhelaba, cuando aún se encuentra atada a ser observada? ¿Acaso no soy yo también quién la observa? ¿La tengo yo encerrada? 

Helena Sánchez

Helena Sánchez

Friki del terror, lo inquietante y las fantasías que disfrutamos como podemos. Me niego a imaginarme a Sísifo feliz. Campeona de ser insoportable (graduada en Teoría Literaria y juego Anima los findes).

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