El documental sobre la vida y legado de Farruquito
Hay un elemento clave del que está impregnada la película: el arte. Parece evidente señalar algo así cuando se está hablando de un documental sobre la vida de un artista, pero se puede ir un poco más allá. En primer lugar, a nivel técnico, sus directores, Santi Aguado y Reuben Atlas, saben muy bien con qué están trabajando, cuál es el material que tienen entre manos. La trayectoria y experiencia de ambos consigue que, un documental sobre la vida de alguien ajeno o del que apenas conoces, te enganche desde el primer hasta el último segundo. Hay ciertos recursos un tanto manidos cuando se trata de presentar ciertas situaciones, sobre todo al inicio, y sin embargo, el film sigue in crescendo dando lugar algunas escenas verdaderamente hipnóticas.

En segundo lugar, hay un amor y un respeto profundo por el pueblo y el sentir gitano. No es casualidad que se haya contado con el apoyo de Noelia Cortés, escritora y activista por los derechos del pueblo gitano, una referente crítica absoluta a día de hoy. Esta conjunción de experiencia, pasión y sensibilidad ponen en un primer plano este elemento que es sin duda el arte que he mencionado. Una gran fotografía, una buena dirección, una música atrapante, y en el centro, el baile flamenco.
No obstante, para mí este documental se divide en dos, sufre de una dualidad irrevocable. Una primera división nace del arte del baile, y está unido irremediablemente a la vida de los Farruco. Se narra a la perfección la influencia de su abuelo en el artista, así como del resto de familiares que viven y nutren el flamenco. Esto crea una suerte de paralelismo que, sin afán de repetirme, está magníficamente representado y documentado. Los vídeos e imágenes antiguos se mezclan con los recuerdos contados de primera mano y las vivencias actuales de la familia y del propio Farruquito. Al final, un documental en mayor o menor medida es eso, poder ponerse en la posición del espectador para mirar asépticamente unos hechos ocurridos, aunque la realidad sea que nunca se puede ser completamente aséptico ni imparcial.
Este arte, este baile, tiene sus consecuencias. La increíble presión que se sufre desde la infancia, el ansia por mejorar e innovar, la pérdida de privacidad al ser parte del ojo público desde antes del nacimiento. Farruquito es todo eso y está más que presente durante la primera división del documental. Lo curioso es que rápidamente se olvida, cuando estás atrapado en la pantalla oyendo los quejíos, las guitarras y la explosión del taconeo no puedes pensar en nada más; es absorbente y cautivador. Durante el documental Farruquito recuerda una frase que le dijo su abuelo Farruco en relación al baile que hacían: «En un brazo cabe la vida». Esa escena y esas palabras son las que todavía recuerdo desde que salí del cine, y siento que aúnan con mucha sutileza y exactitud la impronta de un bailaor.
La otra parte, para mí, no es plato de buen gusto. Juan Manuel Fernández Montoya, «Farruquito» fue condenado en 2005 por homicidio imprudente y omisión del deber de socorro, ingresando en prisión en 2007 y siendo puesto en libertad tras cumplir su condena en 2010. Estos hechos están presentes en el documental, los propios miembros de la familia participan escuetamente y la narración se plantea principalmente a través de extractos de aquellos momentos (noticieros, programas de televisión, entrevistas…). No soy experto en temas legales, psicólogo clínico, ni mucho menos ninguna autoridad de la moral, pero me planteé ciertas preguntas para las que no tengo respuesta y que considero que, si quiero escribir sobre este documental, tienen que quedar reflejadas.
¿Cómo de legítimo es que una persona condenada por homicidio cuente los hechos exclusivamente desde su versión? ¿Qué opinan las víctimas al respecto de este documental? ¿Hay que seguir hablando del tema tras una condena firme ya cumplida y más de 20 años desde lo ocurrido? ¿Habría generado la misma respuesta en la gente de aquel momento y en mí mismo si no le hubiera sucedido esto a un personaje público? ¿Hay que dejar a un lado estos juicios y simplemente admirar el arte de uno de los mejores bailaores flamencos de todos los tiempos?
Estas preguntas reúnen mis principales dudas sobre el acercamiento a esta parte concreta del documental. Siento que hay muchos temas excesivamente complicados y mi postura es clara, no defiendo el punitivismo excesivo estructural, lo cual no evita que me surjan dudas y creo que es legítimo el hecho de poder comentarlas así como aprender y formarme en sus distintas aristas.

Esta segunda parte dejó un poso ligeramente amargo en mí, el cual remontó con la aparición del hijo de Farruquito. Esta aparición tiene sentido tanto cronológico como narrativo, ya que nació unos años después de haber salido de la cárcel su padre, y además, Juan Fernández Alcántara «El Moreno», sigue al pie de la letra los pasos de su padre en los tablaos flamencos. La entrada en escena de «El moreno» funciona como un alivio para la presión impuesta por los hechos anteriores, como un paralelismo más en la estirpe de enormes artistas y como un cierre a la altura del círculo narrativo.
En definitiva, es un documental del que es difícil salir impasible, ya sea por su irremediable pasión o por los acontecimientos de una vida marcada por la tragedia y los escenarios. Un obra que no se puede resistir para cualquiera que le haya interesado mínimamente el flamenco, o para aquel que quiera conocer un pedazo de nuestra historia del pueblo gitano y su baile.




