Nuevas tendencias frente al idealismo original
El concepto de «Internet» (con mayúscula para denotar un espacio separado más allá del servicio de red) es un término que se ha manoseado ad infinitum en función de las distintas épocas en las que ha tenido la suerte de existir. Sin entrar en debates ni búsquedas definitorias absolutas, creo que hay cierto consenso ahora mismo sobre a lo que se llama Internet: las redes sociales.
De nuevo, esto puede variar en función del sesgo de cada uno, pero si escuchas algo como «lo he visto en Internet» inmediatamente aparece en tu cabeza la idea de TikTok, Instagram, Facebook, Twitter, YouTube, o quizá también, Reddit o Tumblr, pero quiero empezar con una visión mucho más generalista. La asociación inmediata de Internet con la redes sociales implica hasta cierto punto que, en una época donde la tecnología es inherente a nuestro modo de vida, nuestra manera de relacionarnos con el entorno pasa por el filtro de las redes sociales.
Para mí personalmente este es un pensamiento recurrente desde que con once o doce años tuve acceso a un móvil táctil y por consiguiente a estas redes sociales. Desde muy pequeño, y en distintos grados según maduraba, me he debatido entre su uso y su toxicidad, la valía de su contenido y su exposición, entre el empuje de la tendencia y la búsqueda del nicho… y precisamente analizar el nicho es lo que me lleva a escribir estas palabras.
Nicho y globalidad
Vamos a partir de una premisa extremadamente actual en el momento de redactar este artículo (junio, 2026): se ha estrenado en cines la película Backrooms, un film que parte de una foto subida a un foro (4chan, como red social quizá más desconocida para algunos), comentada por un anónimo, y que dió lugar a toda una serie de de vídeos «de Internet» por parte del que ha sido el mismo director de esta película, Kane Parsons. Adicionalmente, este estreno ha coincidido muy cerca en el tiempo con otro, The Amazing Digital Circus: Final Act, una serie «de Internet» producida por Glitch, un estudio de animación independiente que ha usado en exclusiva Blender, un programa gratuito de diseño y animación 3D.
Uno puede no ser consciente de un par de detalles (que estoy omitiendo a propósito) si nunca ha oído hablar del concepto backroom o del estudio Glitch. El primer detalle es que hablar en términos «de Internet» resulta absurdamente genérico, puesto que ambas obras tienen su base fundamental en YouTube, pero no es posible entender su expansión y crecimiento sin el resto de cosas que están sucediendo en las redes sociales que lo orbitan: teorías, fanarts, comentarios, memes… Todo esto toma forma de contenido en cada medio y supone un macrocosmos que se reduce a «algo de Internet» por comodidad. Es casi inevitable acudir a este tipo de expresiones por desconocimiento y simplicidad ya que adentrarse e implicarse en cada aspecto de algo que consumimos es un esfuerzo consciente que se tiene que hacer de manera individual. Como es evidente, la gran mayoría no asume (ni tiene por qué) ese compromiso de implicación con un producto de consumo, lo cual no evita que esté minuciosamente explotado y que eso de algún modo siga presente.

Con respecto al segundo detalle, tiene mucho que ver con la idea de «consumir», y es que he obviado que estos dos ejemplos han trascendido el nicho donde surgieron y han alcanzado una categoría en la que es visible para una gran parte de «los consumidores generales», o al menos así es como se suele definir a esa masa informe de personas que cumplimos una serie de promedios. Ineludiblemente te encontrarás con la película de Parsons en algún punto porque se ha convertido en la película más taquillera de la productora A24 superando a la nominada a los Oscars, Marty Supreme, y llegando a cuotas en su primer fin de semana de otras superproducciones como Star Wars: The Mandalorian and Grogu. Así mismo ocurre con la serie de Glitch, no sólo consiguió cerrar un acuerdo millonario con la plataforma Netflix para su emisión sino que ha conseguido emitir su último capítulo en cines a nivel global. Aunque no sepas qué es una backroom o Blender, es imposible no saber lo que es «la película más taquillera…» o Netflix. Algo está pasando.
Estos dos ejemplos funcionan como un reflejo contemporáneo de lo que considero un incremento del nicho, causado por la acción globalizadora de las redes sociales y un fenómeno que se siente casi ineludible. Constantemente buscamos diferenciarnos en algún aspecto que tiende a estar relacionado con aquello que nos gusta o nos apasiona, y me parece loable. En esta era de expansión mediática en la que el bombardeo de información y la oferta de consumo se presenta casi infinita resulta atractivo a la vez que satisfactorio formar parte de ese algo único. Siguiendo el ejemplo de las películas que comentaba quiero proponer un caso quizá aun más de nicho y que explotó igualmente: LaKenzie Powell. Esta es una chica que sube vídeos en redes sociales, principalmente TikTok (@LaKenzo es su nombre de usuario) y que se ha dedicado de lleno y con pasión a coleccionar todo lo que existe sobre un color concreto de las ceras Crayola que ha sido descontinuado, Dandelion. Una afición inocua como cualquiera dentro del coleccionismo, una muestra de cariño hacia una cosa hiperespecífica, una personalidad devota a ello, y aun así lo verdaderamente sorprendente no es que haya conseguido más de 3 millones de seguidores entre todas sus redes sociales, o que la marca haya llegado a hacer un evento por tiempo limitado sobre esa cera en concreto. Lo sorprendente es preguntarse ¿cómo he llegado hasta aquí? Y la respuesta última es que se le conoce gracias a que lo ha publicado en redes sociales.


Este derrotero de pensamientos y ejemplos tiene una suerte de reflexión conclusiva: la idea aparente de que cualquier cosa puede compartirse tan abiertamente, con tanta facilidad, e incluyendo una alta posibilidad de viralizarse, de llegar a un público general de manera masiva, genera una ruptura con los nichos convencionales. Cabe recalcar que esto no es intrínsecamente peyorativo, todo lo contrario, considero que la posibilidad de que se pueda exponer una cosa pequeña, personal, casera (por evitar algunos términos ampliamente manidos como «independiente») y que en cualquier parte del mundo eso tenga una repercusión y una resonancia con otra persona es algo muy genuino. Y utilizo «genuino» en pertenencia inequívoca a lo humano. Siempre hemos compartido y plasmado nuestra forma de ser y lo seguiremos haciendo, sin embargo, el nicho como tal dentro de los términos de Internet se ha roto hasta un cierto punto. Conviven entonces en mí las ideas opuestas de loor por el triunfo del ágape cultural y la melancolía por el menoscabo de la individualidad comedida.
El tercer y cuarto lugar
Para intentar comprender esta dicotomía (viva el éxito de Internet vs. oh no, he perdido mi espacio propio y mi forma de conectar con los demás) quiero acudir al concepto de «El tercer lugar». Este concepto fue propuesto por el sociólogo Ray Oldenburg, y define ese espacio que no es ni nuestro hogar (1er lugar) ni el trabajo (2do lugar), es decir, un espacio donde alejarse temporalmente de esas convenciones establecidas y sus pormenores para establecer otro tipo de relación social. Normalmente con este concepto se asocian espacios como parques, plazas, bares y restaurantes entre otros, y son espacios que pertenecen a toda la comunidad independientemente de su nivel de vida o gustos. Durante mucho tiempo se habló, y se sigue hablando, de Internet como ese tercer lugar casi perfecto, no obstante, Oldenburg trabaja su teoría en 1980 y con foco en la sociedad estadounidense; casi 50 años después quizá conviene replantearse algunas nociones.
Quisiera comenzar añadiendo un cuarto lugar. Mi razonamiento se basa en una definición del tercer lugar que apela casi por completo a espacios de consumo, es decir, donde la casa sería la responsabilidad rutinaria y familiar y el trabajo el lugar de producción, ese tercer lugar atiende al ocio y a la conexión social mediante formas implícitas de consumir. Quedar en un bar a tomar algo, ir de compras, acudir a un concierto… prácticamente todas estas actividades implican algún modo de invertir el resultado de tus horas productivas. Por tanto, el cuarto lugar sería aquel en el que realmente el consumo se ha abandonado temporalmente para dar paso a un espacio en el que ser y socializar sin ningún tipo de intercambio económico.
Para desarrollar esto un poco más en profundidad quiero proponer el mayor ejemplo de utopía actual como referente en el marco del cuarto lugar: las bibliotecas. Soy un firme defensor y me considero capaz de afirmar con rotundidad que las bibliotecas públicas son la idea más tangible de un espacio perfecto que poseemos como sociedad. Son gratuitas en su totalidad de acceso y consulta, son fuente de conocimiento y conservación, un refugio climático, e incluso muchas veces cumplen una importantísima función social. En definitiva, aportan y sustentan tanto a la persona como a la comunidad sin el más mínimo interés esperado a cambio.
Una vez propuesto el ideal, cabe entonces volver al principio y cuestionarse ¿dónde queda Internet? Dentro de la concepción clásica de Oldenburg, Internet encaja muy bien con la idea del tercer lugar, al final, en su concepción más utópica, funciona como una gran red de conexión global donde conversar, compartir y ser aceptado independientemente de quién o cómo seas; llevado al extremo, se plantea incluso la verdadera forma de ser anónimo en sociedad.




Imágenes de The Uncesored Library. Un proyecto de biblioteca virtual creada en Minecraft con el fin de reunir artículos de todo el mundo que hayan sido censurados. Se puede consultar toda la información en su web: https://www.uncensoredlibrary.com/en
No obstante, la forma de interactuar con Internet a través de las redes sociales ha cambiado. Las concepciones utópicas sobre las que se crearon muchas de las redes sociales han mutado hacia una forma de mercantilismo en el que el producto es el propio consumidor, una vez que aceptas ese pacto tácito de exposición al bombardeo de publicidad y la transacción de tus datos adentrarse en el mundo social-digital pierde un poco de ese cuarto espacio que podría alcanzar. Y aun con todo esto, creo que hay formas de circunvalar estas realidades para convertirlo en un verdadero contendiente. Volvamos un momento al ejemplo de la chica Dandelion. Coleccionar es una acción, no un espacio, pero ¿en qué lugar se puede englobar? ¿en el primer lugar que es donde se practica y almacena? ¿o en un tercer lugar que es donde se comparte y se disfruta? Puede ser un buen acercamiento el localizar ciertas acciones asociadas con el ocio y la realización de uno mismo dentro del tercer lugar, de este modo, parece acertado que el hecho de acumular y compartir conjuntamente una afición se exprese a través de un espacio comunitario. Dentro de este contexto, la red social funciona bajo todos los criterios como ese tercer lugar: hay conversación (en forma de comentarios y respuestas), un lugar abierto a todos sin discriminación (la plataforma concreta) y una realización de acciones que van más allá de las interacciones familiares, tareas domésticas o el trabajo. Si se lleva un paso más allá, encajaría incluso con la utopía del cuarto espacio, ya que durante todo el proceso de documentar, subir e interactuar no hay ninguna implicación económica. ¿O sí?
He aquí la principal contradicción inherente a la idea del cuarto espacio. El cuarto espacio sólo funciona fuera de los espacios públicos establecidos (bibliotecas, gimnasios al aire libre, masas de agua naturales recreativas…) cuando se interactúa con ello de manera no lucrativa. Por tanto, este cuarto espacio no correspondería tanto a una localización física, sino a una ubicación limitada o virtual en la que activamente se intenta escapar de una realidad económica omnipresente.
La ruptura del nicho y nuestra forma de relacionarnos
Parecía evidente, lo que una vez se creó como una idea revolucionaria e ideal, se ha ido transformando poco a poco al servicio de las grandes corporaciones para un rédito económico. Se empezó hablando de lo que ganan los youtubers, se miraban el número de visualizaciones totales, el impacto, la tendencia, ahora los influencers colaboran con grandes marcas, viven de la publicidad, todo el mundo quiere subirse a la ola de la viralidad. Y aun con todo esto no creo que este nuevo enfoque sea necesariamente malo ni corrupto de por sí, se ha adaptado de manera inevitable al sistema en el que estamos inmersos, y precisamente por eso se necesita ese cuarto espacio más que nunca.
La mentalidad de abordar las redes sociales como un trabajo me parece legítima, cualquiera quiere compartir lo que hace, hay más facilidades que nunca para ello y existe la promesa de un potencial económico muy jugoso, pero esta mentalidad encasilla inevitablemente a Internet dentro del segundo lugar. Para que se perciba como algo más que eso (llámese cuarto lugar o como se quiera) es necesario un posicionamiento activo previo por parte de la persona, no como consumidor, sino como usuario. Crear comunidad alrededor de un artista emergente, participar de un fandom, descubrir nuevos y diminutos oasis de conocimiento y entretenimiento… todo eso es lo más cerca que podemos estar de construir una suerte de lugar propio y de la comunidad.
Hay que comprender que, igual que la cafetería de barrio donde abuelos y jóvenes toman el café en la terraza se puede transformar en un specialty coffee, los nichos de Internet pueden explotar masivamente, pero al final del día no afecta en su totalidad a cómo nosotros seguimos relacionándonos con tal nicho. En cualquier caso, cabría celebrar su atracción de nuevo público y expansión de la conversación en torno a ello. Poder conocer, interactuar y compartir ciertas cosas muy específicas es algo que ni siquiera las bibliotecas como «lugar idóneo» pueden ofrecer de manera tan sencilla y accesible como lo hacen las redes sociales, y esos actos conscientes son su mayor atractivo.
Para muestra un botón: desde hace unos 7 años tengo Reddit, una red social con millones de usuarios que funciona como foro de foros, está conformado por comunidades, cada una acerca de cosas muy específicas, donde la gente puede publicar (mediante texto, foto, vídeo o combinaciones de todas estas) y a su vez recibir comentarios y otros tipos de interacciones. Entré y me uní a los foros que más resonaban conmigo: juegos concretos que forman parte de mi día a día, series que me han marcado y que sigo disfrutando, cosas más generales como foros sobre fotografía espacial o el longboard, etc. He ido descubriendo muchos recovecos que conforman la estructura y mentalidad de esta red social con más de veinte años a sus espaldas, he tenido algún post «viral», pero la anécdota a la que siempre acudo es la misma: r/chairsunderwater, o en español, un foro sillas debajo del agua.
El nombre no engaña, se compone de gente subiendo fotos de sillas bajo el agua, no obstante hay una vuelta más a todo este asunto. La etiqueta para identificar que una publicación puede no ser apta para menores de 18 años por contenido sexual o violento se etiqueta como NSFW, por sus siglas en inglés como «no es seguro para el trabajo» (Not Safe For Work). En este foro en concreto, esta etiqueta se utiliza exclusivamente para cuando una silla no está completamente sumergida en el agua (Not Submerged Fully in Water). Un elemento con un propósito tan claro que funciona como denominador común para todos los posibles foros existentes en la plataforma aquí se ha transformado en un juego de palabras que aún me saca una sonrisa por lo estúpido que supone estar viendo una silla sobresaliendo de un río marcada como +18.

Conocer este tipo de detalles me hace sentir una conexión especial con aquello en lo que me involucro como usuario y es perfectamente extrapolable a cualquier cosa que se puede encontrar en el vasto universo al que denominamos Internet, desde una cera Crayola descontinuada a una serie de vídeos extraños sobre espacios liminales.
Mis conclusiones al respecto parten del hecho de que existe una oleada de cambios en torno a los nichos digitales que cada vez se está haciendo más patente. Estos cambios son capaces de portar un retorno muy positivo a estos mismos espacios, pero sin duda, para que esto sea posible, que realmente surjan nuevos nichos, exploten, se comenten, se retroalimenten y que generen una experiencia positiva, es necesario un mínimo de implicación consciente. La consecuencia resulta en una necesidad de que cada uno, como persona, asuma el rol de usuario y no de consumidor para la búsqueda de ese cuarto espacio como propio, alejados de la presión constante del consumismo. Internet es la promesa de que hay un lugar para todo el mundo y todo el conocimiento, y por suerte, todavía creo que es así.





