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Un relato de actualidad en el retrato de un Madrid pasado

Reflexiones y crítica de «La lucha por la vida», de Pío Baroja

"Pensaba que los árboles y las plantas solo crecían en las casas de los ricos"

Imagen en portada: Asfalto o Asfaltadores en la Puerta del Sol de Ricardo Baroja (hermano de Pío Baroja), ca. 1900. Museo de Arte e Historia de Durango

Baroja presenta una trilogía en la que el personaje se mueve por una pintura estática de Madrid que adquiere movimiento en su paso por ella. Manuel, el protagonista de la novela, va dando bandazos desde la adolescencia a la edad adulta tratando de encontrar un lugar en el mundo. Es este un argumento que genera, por lo menos, inquietud y roza casi siempre el miedo. Porque quizá ese lugar no exista.

Es curioso cómo estas novelas, escritas para cualquiera, parecen dirigidas especialmente a los lectores madrileños. No es que describa la ciudad, sino que da indicaciones, generando un mapa propio del Madrid de hace 150 años por el que el personaje se embarca en su busca. Una busca en realidad pasiva, pues Manuel se deja llevar por la marea de la miseria, hasta que eso le lleva a unos límites morales que le obligan a ser un hombre de acción, cualidad que no entra al principio en su naturaleza. Pero la novela habla exactamente de eso: de la lucha no contra la vida, sino contra el determinismo que parece imponernos.

Baroja presenta un Madrid de miseria económica, social y moral a través de unos personajes que nada pueden hacer por sacar el pie de su contexto. Esta idea, leída ahora, deja en claro que nunca hemos sido tan conscientes de nuestro contexto predeterminado al nacer. Y el que no lo hace, prefiere la ceguera.

Aparentemente, las posibilidades de luchar contra nuestro determinismo vital son más grandes que nunca. Pero para aquella ama de casa del paseo de las Acacias o el humilde zapatero del 1900 no había más vida, ni más vidas, que las vividas por ellos mismos. Lo demás se perdía en un mundo tan lejano que poco podía importar. Es difícil preocuparse de las batallas ajenas cuando cada día uno está en su propio campo de batalla. La empatía solo es posible a través del conocimiento, y si uno conocía solo hasta la esquina de su calle, bastante había ya con lo que empatizar. Y aunque es una cualidad innata, como ocurre con ciertos personajes de la novela como Manuel, también es un vicio adquirido que en 1900 todavía estaba por adquirir en su vinculación con el conocimiento.

Baroja, curioseando en el Rastro madrileño (1953)

El espacio urbano es clave en la novela. Un espacio que se nos presenta como novedad para un personaje que llega desde fuera. Es este un mundo que se siente amargo, pero que precisamente eso posibilita el humor. La comedia es notable en estas novelas. Más de dos veces me he carcajeado en el metro con los disparates de alguno de los personajes. De hecho, sin el humor, la carga trágica de estas novelas sería casi insoportable. Solo con este elemento merece la pena pasearse por la trilogía, o al menos por la primera: La busca (1904). Ahí recordamos que, para el breve instante que dura la vida, merece la pena gastarlo en una broma.

Volviendo al asunto del espacio, se ha comentado mucho desde la crítica el asunto de la miseria social representado aquí. Y es la evidencia más notable entre sus páginas. Pero hay otros dos elementos que son fundamentales para la interpretación de esta: lo primero es que, desde la perspectiva del lector actual, hay un paralelismo claro entre los individuos que 150 años después siguen recorriendo Madrid mientras beben el amargo trago de la inmundicia; lo segundo es que la novela no va de un personaje actuando en un espacio, sino de un espacio ocupado por un personaje que observa y acaba participando de su miseria. La actividad la ejerce Madrid y la pasividad la ejerce Manuel.

Como en 2026, Madrid atrapa al personaje como en una prisión invisible pero persistente. Manuel quiere dinero para recorrer el mundo, pero la marea de miseria y el determinismo parecen siempre impedírselo o al menos tener que posponerlo.

Sobre los personajes que pueblan la obra, a menudo son presentados como si fueran los personajes de un circo. El único ser medianamente hermoso que aparece en la primera novela lo hace en un sueño del protagonista.

Para terminar, no quiero dejar de subrayar la resignación que sobrevuela toda la novela. Resignación por la vida y con ello de asunción de unas muertes que, sin embargo, no dejan de asustar al protagonista. La resignación se une al aprendizaje. Pues como suelo afirmar, el argumento de todas las novelas es el aprendizaje. Manuel, que llegaba de un pueblo, aprende que los artificios de lo social y el urbanismo han consumido a la naturaleza: «pensaba que los árboles y las plantas solo crecían en las casas de los ricos» (p. 170)

Aitor Marqués M

Aitor Marqués M

Literatura y cine. Una buena historia no depende del medio, sino del modo. No es la que ocurre, sino la que podría haber ocurrido; en este mundo o en otro. Hablemos de ellas a la luz de la hoguera, hablemos de ellas en Rohen.

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