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Una defensa genuina de la felicidad

Crítica a «Swing Girls»

Estética «dosmilera», un grupo de chicas jóvenes, la pasión por la música y cómo defender aquello que acabas amando.

La situación es la siguiente: sales a comprar y todo ha subido de precio, quieres coger el coche pero el diésel se ha disparado, Oriente Próximo parece un campo de juego para las grandes potencias, y las noticias locales sólo hablan de corrupción, disputas y cuentas pendientes de resolver. Ante este panorama, una persona que lo único que busca es desconectar por un rato se enfrenta a un catálogo infinito de películas nuevas, antiguas o simplemente pendientes desde hace media eternidad.

Con todo esto sobre la mesa me encontré una tarde de sábado Swing Girls, una película japonesa con una portada vibrante y explosiva y una sinopsis que en Letterbox reza así en mayúsculas:

THERE ARE TWO KINDS OF PEOPLE IN THE WORLD—
THOSE WHO SWING, AND THOSE WHO DON’T!

Portada original en su lanzamiento en Japón en 2004

Sin ninguna expectativa más allá de una portada y una breve descripción para juzgar, me propuse a verla. La premisa se presentaba sencilla: un grupo de chicas de instituto, hartas de las clases de verano, figuran cómo escaparse de estas generando una serie de acontecimientos que se les terminan volviendo en su contra, la banda del instituto acaba indispuesta y de algún modo tienen que conseguir salvar la situación. «La típica comedia con humor japonés. Vale, me sirve» pensé, y todavía me sigo alegrando de, hasta cierto punto, haberme equivocado.

Lo primero que quiero abordar es precisamente este humor que se presenta en la película. Mi postura es clara, aborrezco el humor hasta el extremo absurdo (tengo poca tolerancia por la vergüenza ajena), y son precisamente los japoneses, en sus películas, programas, series y manga-anime, que hacen gala del chiste estúpido de «caca-culo-pedo-pis» que no soporto. He de dejar claro que la defensa del humor elitista no tiene cabida aquí, soy el primero en reírse de una buena caída o de los chistes sencillos que te pillan desprevenido, y es precisamente ahí donde creo que esta película juega muy bien en ese terreno. Además, utiliza un lenguaje relativamente universal, no se permite entrar en hermetismos que necesiten de una extensa trayectoria en la cultura nipona para disfrutar de su humor.

Por supuesto que las actuaciones tienden a ser algo exageradas y a veces poco creíbles, pero esto se ve desde una mirada crítica. Cuando estás sentado delante de la pantalla y todo eso queda atrás, te ríes y disfrutas de la película sin pensar en los dimes y diretes, eso resulta incalculable. Sin embargo, cuando terminó y sonaba la música de fondo no simplemente me había reído, estaba feliz, y tras haber reposado mis pensamientos creo saber el por qué.

La felicidad como estado transitorio, pero que está ahí

Si una cosa hace bien Swing Girls es ponerte de buen humor. Esto no se debe simplemente a los chistes que he comentado anteriormente, sino que todo el film funciona en favor de una estética positiva. Rezuma una energía desbordante de carisma. Para empezar, los personajes portan consigo esa filosofía adolescente de despreocupación por la vida, de que nada importa más que divertirse y pasar el tiempo rápido, pero que al mismo tiempo los pone en una situación en la que se tienen que enfrentar a las complejidades de la vida real. Esta tesitura entre lo life free, die young, y la responsabilidad de cargar con tus propios actos refleja a la perfección un sentimiento presente para la gran mayoría. Si eres un joven de la misma edad que los personajes te puedes sentir identificado y apoyado por los mismos, si acabas de dejar la juventud también puedes volver a esas sensaciones que quizá empiezan a desvanecerse pero todavía conservas, y si eres un adulto en cualquier fase vital más allá de la juventud de instituto podrás recordar con añoranza esos momentos. Y si nada de esto sirve, te aseguro que también habrá un personaje al que puedas acudir.

Pero sin duda, lo siguiente y más significativo (intencionadamente dejado para el final), es la música. No importa tu tipo de humor, si has dejado atrás todo atisbo de irracionalidad para convertirte a la doctrina asceta, o si no te interesan lo más mínimo lo que estos personajes te puedan mostrar, cuando escuchas la música de esta película lo olvidas todo. Como le dije a un amigo: «es la mezcla entre K-On! y Blue Giant»

Blue Giant, manga de Shinichi Ishizuka serializado de 2013 a 2016 y posteriormente animado y K-On!, manga de Kakifly.,serializado de 2007 a 2012 y posteriormente animado

Para aquellos que no hayan podido disfrutar de estas piezas audiovisuales, la síntesis sería la siguiente: la ingenuidad más pura y el disfrute por lo naíf (K-On!) se mezcla con la pasión y la efusividad del más puro jazz (Blue Giant). Y es que sí, por encima de todo lo que he podido comentar, esta película va de jazz. Si nos adentramos un poco más en la trama, vemos como los personajes tienen que formar una Big Band sin la más remota idea de lo que es el jazz, un compás o siquiera una trompeta. Es ahí donde reside un poco este remanente de lo ingenuo, esa carta de amor por aprender algo que desconoces por completo y a lo que dedicas todo tu empeño. Resulta especialmente brillante porque las circunstancias que llevan la historia hasta este punto son cuanto menos curiosas, por lo que ver a un grupo de jóvenes completamente despreocupadas por la vida interesarse en algo y hacerlo suyo tiene algo de reconfortante. Sobre todo cuando se trata de algo complejo y comúnmente asociado a algo de nicho como es el jazz.

Además, para mi enorme gozo, la película no terminó con la típica escena en la que salen todos tocando tras darse cuenta de la importancia de bla bla bla… Esa escena existe, pero está ahí como prólogo a lo que luego se desarrolla. La historia se permite extenderse un poco más y adentrarse aún más en esa pasión recién descubierta del jazz, esa escena exultante de gozo y de energía musical propia de un final resulta ser el preámbulo de algo mejor. Si hubiera acabado en el momento en el que tocan delante del supermercado, habría quedado satisfecho, la composición estaba bien, la ejecución fue brillante, lo que transmitieron pasó de los actores a las cámaras, de las cámaras al archivo, del archivo a mi televisión y a través de los altavoces y la pantalla hasta mí. Y aun con todo, la película me dio un poco más. Me dio un poco más de música, más enredos estúpidos que acaban de forma satisfactoria, un poco más de cómo conviven, y todo eso me hizo feliz.

Es evidente que la película es lo que es, ligeramente kitsch, una trama evidente y con una puesta en escena y actuaciones que cumplen. Pero me reitero y repito a mí mismo: nada de eso importa. Cuando cualquier producto audiovisual consigue hacerte feliz creo que merece la pena pararse un segundo y dejar de sobreanalizar hasta el último detalle. Hay que entender que la película es lo que es y por eso resulta tan increíble, consigue todo lo que se propone y no es otra cosa que ser disfrutable. Y además, lo hace desde una perspectiva casi universal; si tuviera que calificarla de algún modo sería algo del estilo «un clásico del bienestar», una de esas pelis confort o joyas de la infancia a las que irremediablemente se vuelve una y otra vez. Porque 22 años después de su estreno, la he podido disfrutar como un niño, estoy escribiendo sobre ella, y de seguro la volveré a ver. Al final, la felicidad supongo que es eso.

Dany Valero

Dany Valero

Teórico de la literatura y amante de Magic: the Gathering. Sencillamente una persona con bigote a la que le gusta leer, escribir, jugar y procrastinar —sin poder hacer todo a la vez—.

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