¿Está la narración a la altura de sus premisas?
Sanderson quería construir una saga en la que los ideales caballerescos tuvieran su recompensa en el plano de lo real y, por tanto, en el plano de la magia. Las premisas son siempre colosales, pero se tambalean porque siempre hay cierta torpeza.
En el primer tomo la narración resulta plomiza demasiado a menudo. Son excepciones las veces en la que la narración es tan ágil como para mantener el interés en la lectura durante demasiado tiempo. En esta entrega ese interés es más regular. Es decir, aunque el elevado número de páginas sigue estando ahí, la novela te recompensa antes. Y es que así funciona: en esta saga la información importa hasta el punto de que el interés se proyecta casi siempre al futuro de las páginas, no hacia el presente. Es evidente que cuando esa información y sus consecuencias llegan, se desata una tormenta de epicidad. Pero mientras tanto, las palabras pesan poco. Es como si de un plato rebosante de comida con ingredientes muy variados, solo un par de ellos, atrapados con la cuchara en ocasiones, proporcinasen auténtico sabor. Pero como decía, en esta segunda novela, el ritmo se eleva exponencialmente y las ideas colosales de Sanderson brillan más.
El dominio poético de Sanderson no es uno de los elementos a destacar. Y seguramente tampoco es lo que busca. Sin embargo, ese lastre se suma a la traducción al español. Hay partes que son un atolladero para el lector, porque se me ocurren pocas formas de romper más claramente el ritmo que decir «Haciendo todo el poco caso que pudo al dolor, Dalinar empuñó su hacha con una sola mano…» Corregir un texto de estas dimensiones no es fácil, pero se cae varias veces en el hipérbaton inconsciente.
Análisis de momentos
Hablar de todo el contenido del libro es una tarea complicada, pero señalar aquello en lo que Sanderson convierte en fino polvo es factible. Uno de los primeros elementos que me viene a la mente es el poder de Taravangian, por fin revelado. Cada día despierta con un grado de inteligencia muy diferente, y en su día de mayor lucidez fue capaz de enarbolar el plan que pueda salvar a toda la humanidad. De este modo, uno de los bandos lucha para llegar a la culminación de ese plan, denominado El Diagrama. Sin embargo, conocemos que esto pone en peligro a los protagonistas de la historia y que además requiere sacrificios y asesinatos de inocentes. La reflexión que este poder adquiere es muy rica, pues los protagonistas no obedecen al conocimiento de ningún destino para ejecutar su deber. Mientras, los que ejecutan ese plan no son héroes, aunque es difícil ponerlos en la categoría de villanos. Desde la perspectiva de un plan tan grande, los protagonistas son niños inocentes que solo tratan de hacer lo que está bien, mientras que los que conocen el Diagrama tratan de salvar a la humanidad a pesar de todo. Sacrificios y asesinatos serían solo un mal menor.

El asunto sobre Taravangian y los Sangre Espectral me lleva a Shallan, cuyas partes que ocupan esta novela en general son interesantes. La supuesta muerte de Jasnah es una trampa bien perpetrada, pues el punto de vista de Shallan casi logra convencer al lector. Casi. Además, en la cita de Navani que abre el capítulo sabemos que algo devastador ha ocurrido, y es difícil pensar que sea la muerte de Elhokar. Con todos los respetos hacia el rey de Alezkar. Pero narrativamente no es el momento de que Jasnah muera, pues aunque su rol como maestra pueda dar sentido a esto, el de investigadora y Radiante en potencia no parecen permitir que algo así suceda tan pronto. Digo lo de su rol como maestra porque en parte esto se ejecuta para que Shallan pueda evolucionar por su cuenta, asunto que no me cabe duda que era complejo dada la potencia del personaje de Jasnah. La subtrama de infiltración transformándose en Velo es interesante, pero los capítulos sobre su pasado vuelven a resultar algo repetitivos, como sucedía con Kaladin en el libro anterior. Su poder sobre la generación de ilusiones crea una trama alejada del núcleo central que viene muy bien a la novela, y que sin duda seguirá explorándose en el tercer libro. Estas acciones ejecutadas subrepticiamente generan una sensación de peligro necesario, no solo con la banda enemiga, sino también con el resto de protagonistas.
Eso sí, la tensión romántico sexual con Kaladin, aunque es mutua y no resulta descabellada, no termino de comprender su sentido o si esto tendrá su desarrollo en futuros acontecimientos.
Pero hay otros eventos que como lectores degustamos porque los personajes empiezan a conectar. Todo eso que a veces resultaba plomizo se convierte en polvo refinado para elevar el ritmo de la narración. En el libro anterior, los eventos compensatorios llegaban en las últimas 200 páginas, mientras que aquí hay uno de esos eventos por cada una de las cinco partes que componen el libro. De hecho, el duelo de Adolin, aunque la causa deviene de un hecho narrativamente pobre y algo absurdo -sin caer en lo verosímil-, resulta sin embargo en una escena culmen en la que la realidad revela el auténtico honor. La demostración de quiénes son los merecedores de los antiguos poderes cae por su propio peso. Kaladin, que durante la mayor parte de la narración es un personaje gris y apático con el que cuesta conectar, siempre destaca en las escenas en las que hay mucho por demostrar. A la hora de la verdad, es el personaje que no falla. A pesar incluso de una desconfianza verosímil y casi cansina hacia Dalinar durante la mayor parte de la novela. Aunque hay que decir que la amistad con reservas entre Kaladin y Adolin es una de las relaciones más interesantes hasta el momento.
Que Kaladin dude tanto sobre el plan para matar al rey sabiendo que es un incompetente y no alguien cruel es difícil de creer. Sobre todo porque sabe que Elhokar no pinta nada y Dalinar siempre tiene la sartén por el mango. Sobre todo porque sabe que los tipos con los que Moash se junta son un excremento moral -más teniendo en cuenta cómo es Kaladin-. Sobre todo porque Syl le avisa constantemente. Y aunque se hace para que su senda de Caballero Radiante no sea un camino de rosas y que el tercer juramento sea un esfuerzo real, no compro este asunto por mucho que alguien me diga que tenemos la ventaja del lector que sabe y juzga.

Otro de esos eventos a destacar es el momento en el que Szeth, el Asesino de Blanco, aparece para enfrentar a nada menos que a tres de los protagonistas. El momento es inesperado, pero funciona porque hemos conocido desde su perspectiva la capacidad que tiene para la infiltración. De la descripción del combate no hay mucho que decir, pues Sanderson solventa siempre bien este tipo de escenas. La idea poderosa sobre Szeth es esa en la que es despreciado por su propia gente por haber vaticinado una verdad. En el momento en el que se da cuenta de la realidad de su vaticinio, cae en la cuenta de que la identidad como asesino sin escrúpulos que había construido no tiene sentido y solo ha servido para servir a fuerzas superiores. Esa identidad merece morir y él lo sabe. Por eso contra Kaladin hay una duda, un abandono de su verdadera fuerza y se deja morir. La nueva identidad que surgirá a partir de esto es uno de los motivos que animan a continuar leyendo estos libros.
Atisbos filosóficos y el futuro
Antes de poner fin a esta crítica, quería resaltar los numerosos atisbos filosóficos a los que se acerca Sanderson. El más claro es la moral de las acciones presentes frente a la moral a gran escala. Esto debería poner a los protagonistas en tesituras muy jugosas en las próximas novelas. Otro es el de la posibilidad de redención a pesar de lo anteriormente ejecutado, como es el caso de Dalinar y Szeth, o el precio del olvido, que es lo que le pasa a Dalinar con su mujer. De los que se presentan en esta novela llama la atención el asunto de los parshendi, que aquí conocemos como oyentes. La originalidad reside en el hecho de que haya unos seres que puedan expresar físicamente las emociones. Pero sobre todo, la idea de que tengan formas diferentes para las tareas que acometen en cada momento, es muy poderosa. A estos seres les llama la atención que los humanos tengan siempre la misma forma independientemente de la tarea, la forma «carnal». Esto implica que los humanos, estén en el trabajo o en la guerra, pueden verse interrumpidos por el deseo sexual o por la irracionalidad. Y no es que estos «oyentes» solo puedan trabajar si están en forma de trabajo, o procrear si están en la forma carnal, pero los estímulos recibidos que no tengan que ver con esa determinada forma son fácilmente desechables.
Esto es precisamente lo que les ha impedido rebelarse estando en su forma de esclavo. Por lo tanto, aquí entendemos que el enemigo de los protagonistas no es malvado por naturaleza, solo distinto, y no solo en su cultura. Si la respuesta a diferencias irreconciliables es la guerra es algo que merece la pena no dejar de plantearse.
Los caminos que se abren en esta novela son prometedores. Tanto para las tramas de cada uno de los protagonistas como para la apertura al plano geopolítico de Roshar. Si Sanderson consigue conectar asuntos de forma propicia, la próxima novela puede ser una novela de fantasía muy poderosa dentro de este género. Además, el asesinato final y absolutamente inesperado de uno de los personajes más odiados genera también una posibilidad de consecuencias más graves de lo que podría parecer en primera instancia. Juramentada tiene las potencialidades para convertirse en una fantasía radiante.





