¡No te pierdas ningún artículo!

Te enviaremos todos los artículos en el momento en el que los publiquemos, nada de spam

El otoño en el que Madrid floreció

Palomas en Sol

Ha finalizado el verano, pero Sol ha florecido. Entre el desierto de hormigón se ha alzado un bosque de coloridas telas, la gente ha retomado un espacio inhóspito y lo ha hecho habitable, suyo.

En 1964, Bob Dylan compuso deliberadamente lo que se convertiría en un himno de la revolución. Entre las protestas del movimiento por los derechos civiles en Estados Unidos, Dylan clamaba sobre aguas que se ciernen inevitablemente, sobre la necesidad de empezar a nadar antes de hundirnos, “pues los tiempos están cambiando”.  El impacto tanto de la canción como de dicho movimiento aún reverbera en el tiempo porque ninguna de esas luchas ha terminado del todo, tan solo han ido añadiendo nuevos capítulos. Tenemos delante otro más. Es imposible dilucidar el impacto que tendrá en el futuro la oleada de protestas en las que se ha sumergido toda España, pero sé que no soy el único que nota cómo se le eriza la piel con el aire de cambio que recorre nuestras calles.  

Come gather ‘round people
Wherever you roam
And admit that the waters
Around you have grown
And accept it that soon
You’ll be drenched to the bone
If your time to you is worth savin’
And you better start swimmin’
Or you’ll sink like a stone
For the times they are a-changin’

Bob Dylan, The Times They Are A-Changin’

Ha finalizado el verano, pero Sol ha florecido. Entre el desierto de hormigón se ha alzado un bosque de coloridas telas, la gente ha retomado un espacio inhóspito y lo ha hecho habitable, suyo. He caminado por la plaza, entre las tiendas de campaña, y he visto a la gente conviviendo con un objetivo común. Turistas y ciudadanos por igual que van pasando de largo se quejan del desorden, de la molestia que supone que toda esa gente haya decidido reclamar ese espacio. Y no mienten, antes no nos pertenecía. Como las pobres palomas que pueblan todas las ciudades, los vecinos y vecinas han sido dejados de lado como juguetes que ya no interesan, condenados a vagar por espacios que no han sido diseñados para su comodidad y bienestar, pero que son su única vía para sobrevivir. Aquellos que increpan y miran por encima del hombro a la gente que hoy acampa en Sol ignoran que todas esas personas también están allí para ellos, y las quejas son solo una pequeña interferencia en un movimiento que, aunque nace de la rabia, lucha por un amor común. 

Gloria Fuertes relataba en su poema Los hombres no supieron la injusticia que suponía que la misma gente por la que alzaban la voz tantos poemas no llegaran nunca a saber de su existencia, cómo los grandes poetas desde su pedestal eran incapaces de llegar a la gente para la que componían sus versos. Esta brecha siempre se ha alzado de manera vertical, un abismo en la escala social. Los tiempos cambiantes han configurado un cañón que nos separa de forma horizontal, donde los que defienden al pueblo reciben el desdén de sus iguales. Pero al contemplar la calle uno se da cuenta de que los que luchan cada vez son más.

Los hombres no supieron
que hubo hombres que escribieron para ellos.
– Y esto es feo -.
Ni siquiera el Alcalde de Berceo
ha leído de Berceo.
No engañaros.
Ningún pobre de América del Norte,
ningún minero
ha leído a Walt Whitman.
Ningún compañero,
ningún campesino
ningún obrero,
ha leído a Blas de Otero.
¡Neruda! Los esclavos de Chile
no se saben tus versos.
Y los inditos peruanos hambrientos,
no saben quién fue Cesar Vallejo.

Gloria Fuertes, Los hombres no supieron

Hay un ardor en mi pecho que se ha gestado durante toda mi vida, pero que hoy quema más que nunca. He pasado noches sin dormir aterrado con la incertidumbre de mi futuro, si seré capaz de tener una casa que pueda llamar mía o si acaso si seguirá existiendo como la conozco sociedad o planeta que pueda albergarla; pero nunca he tomado acción. Durante muchos años al igual que otros muchos he sentido desdén y cansancio, una especie de derrotismo que solo llevaba a la conclusión de que no hay nada que hacer, de que el juego está amañado y solo podemos perder. Y no nos equivoquemos, el juego está amañado, pero hay que seguir luchando.

Lo de Sol es una guerra movida por la empatía, el cariño y el deseo de vivir dignamente, por todos. Hay una sensación indescriptible en ver a gente desconocida peleando por ti, en escucharte por primera vez gritando la misma consigna que cientos de personas. Cualquiera que haya hecho el esfuerzo de limpiar su mirada y ver de cerca lo que está pasando sabrá del compañerismo y el amor que está brotando en Sol y en toda España. No todos podemos estar en Sol, hay muchas causas para no poder estar al borde del cañón constantemente, mucha gente tiene suficiente con simplemente vivir el día a día, pero ni siquiera eso es excusa para no sincronizar nuestros corazones con aquellos que luchan por nosotros. Entre todo el ruido, la única conclusión posible es que algo está cambiando y la gente que se ha unido es el motivo.

¿Quién habló de echar un yugo
sobre el cuello de esta raza?
¿Quién ha puesto al huracán
jamás ni yugos ni trabas,
ni quién al rayo detuvo
prisionero en una jaula?

Miguel Hernández, Viento del pueblo

Mario Cembellín

Mario Cembellín

Licenciado en Literatura, fundador y editor de Rohen. Me apasionan demasiadas cosas como para poder dedicarles el tiempo que querría a cada una. Defensor a ultranza de que no existe arte elevado y no elevado. Plasta número uno en España sobre el sumo.

Comentarios

Deja tu comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Te podría gustar