El laberinto de neón de Refn.
En Su propio infierno (Her Private Hell), Nicolas Winding Refn nos sumerge en una metrópolis futurista sofocada por una bruma espectral y una amenaza esquiva. Queda claro que no estamos en Europa, pero nunca se especifica si estamos en Estados Unidos o en Japón, ya que se entremezclan los personajes, los idiomas y los cartelitos de neón.
Elle (Sophie Thatcher), se dispone a rodar una película de bajo presupuesto inspirada en unos cómics de ciencia ficción, Candyfloss, con su madrastra y una excéntrica actriz novata. Su padre produce la película, pero no las acompaña durante el rodaje, acentuando ese distanciamiento entre ambos que será el motor de toda la trama, como si el mismísimo Sigmund Freud firmara el guion.
Por otro lado nos encontramos a K (Charles Melton), soldado japonés-americano, quien avanza en una odisea paralela con el objetivo de rescatar a su hija de la sombra del Hombre de Cuero, una suerte de asesino en serie barra espectro onírico que solo aparece cuando la niebla toma la urbe. Qué le hace pensar que su hija sigue con vida después de años, nunca lo sabré.
Lejos de construir una alianza a lo largo del metraje, la película mantiene sus destinos completamente separados hasta un desenlace brutal donde sus caminos finalmente colisionan en un deus ex machina que funciona como un globo desinflado.
El guion, coescrito por el propio Refn junto a Esti Giordani, busca distanciarse de cualquier lógica de género para adentrarse en la pura provocación sensorial. La historia utiliza el motivo del distanciamiento filial y la persecución espectral no para ofrecer respuestas o un conflicto articulado, sino como una simple percha donde colgar sus obsesiones formales, llevando la abstracción narrativa a un punto en el que el interés del espectador se diluye a la misma velocidad que la niebla en la pantalla.
El apartado técnico constituye, inevitablemente, el único pilar que sostiene el invento. Fiel a la marca de la casa, la dirección de fotografía despliega su virtuosismo cromático, dominado por saturados tonos neón, rojos eléctricos y encuadres estáticos de simetría obsesiva. El diseño de producción transforma la urbe en un no-lugar fascinante; sin embargo, este dominio del espacio cinemático termina jugando en su contra: la estética deja de ser una atmósfera al servicio de la historia para convertirse en un fin en sí mismo, un decorado deslumbrante pero vacío.

El reparto hace lo que puede con lo que tiene, desde el aislamiento casi absoluto de sus roles. Sophie Thatcher defiende a una Elle atrapada en la contención hasta su estallido final, mientras que Charles Melton se dedica a pegarse tundas con media Yakuza y gran parte de la policía, pero tampoco tiene sentido que ellos estén ahí. ¿Veremos el día en que un director blanco consiga que un personaje racializado no esté estereotipado? La esperada colisión entre ambos se reduce a un choque puramente testimonial: una resolución precipitada donde la irrupción de Elle en el mundo onírico del Hombre de Cuero pretende funcionar como catarsis, pero termina sabiendo a un mero golpe de efecto para cerrar la función deprisa y corriendo.
Con este filme confirmo nuevamente que Refn prefiere la estética a la sustancia. Es una propuesta narrativamente vacua, pensada para acérrimos del director dispuestos a perdonar que la forma devore por completo al fondo. Un ejercicio de estilo impecable en lo visual que, desafortunadamente, deja una molesta sensación de pretenciosidad.
Lo mejor: el escenario cyberpunk.
Lo peor: que se haya llevado algún premio que no sea un Razzie.



