Reír por no llorar: la tragedia inmobiliaria
Vera (Susana Abaitua) y Lucas (Maxi Iglesias) son una pareja cercana a los cuarenta que busca desesperadamente un hogar propio. Su vida da un giro cuando descubren una oportunidad milagrosa: comprar un piso a mitad de precio bajo la modalidad de nuda propiedad, aunque con la condición de que el anciano dueño, Jesús (Paco Churruca), continúe viviendo en él hasta su fallecimiento. Lo que comienza como un cálculo pragmático se convierte en una obsesión cuando el anciano, lejos de declinar, reaparece lleno de vitalidad y cambia su comportamiento, dinamitando las expectativas de la pareja.
La crisis de la vivienda es nuestro pan de cada día que, en esta cinta, se nos presenta bajo una premisa de comedia negra, una sátira social sobre la imposibilidad del acceso a aquello que es, según nuestra constitución, un derecho universal, difuminando la línea entre la ética y un desesperado instinto de supervivencia.
Resulta fundamental nuestra capacidad como público para empatizar con las contradicciones de Vera y Lucas; sus discusiones y dilemas éticos se sienten auténticos y dolorosamente cercanos. Por su parte, la figura del anciano usufructuario aporta una ambigüedad brillante que descoloca constantemente al espectador, moviéndose entre la vulnerabilidad y una inquietante provocación.

El filme, de claros tintes hitchcockianos, diseña la intriga dentro del espacio doméstico con gran despliegue de ingenio situacional, acentuando la claustrofobia de los personajes. Alberto Utrera gestiona el ritmo con inteligencia, construyendo un in crescendo de paranoia que estalla en su tramo final. La calma inicial da paso a una escalada de situaciones al límite donde el guion no duda en incomodar al público, obligándole a cuestionarse qué haría en una situación semejante. Este clímax despoja a la historia de cualquier complacencia, ofreciendo una conclusión tajante sobre la codicia y la necesidad.
Utrera ofrece un retrato mordaz y nada indulgente sobre la crisis habitacional y la miseria moral a la que puede abocar la supervivencia urbana. Una obra que no solo entretiene, sino que deja un poso de reflexión francamente incómodo.
Lo mejor: la capacidad de convertir el conflicto inmobiliario en todo un thriller moral brillante y claustrofóbico a través de la comedia.
Lo peor: que Pepe Viyuela tiene menos escenas de las que a todos nos gustaría.



