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El Archivo, la saga que danza entre el mito y la psicología

Crítica «El Archivo de las Tormentas III: Juramentada»

Sanderson construye un universo en el que los humanos contagiaron el odio a otra especie. Ahora, deben intentar revertirlo.

El universo fantásico donde lo épico pasa por aceptar el dolor y el trauma.

Sanderson daría continuidad a su pentalogía con este tercer volumen publicado en 2017. Esta entrega se respira como una trilogía que completa un ciclo, con clímax cerrados y climas que se abren.

En este tercer volumen cae la avalancha que se ha estado gestando. Al fin, el verdadero enemigo queda revelado y los Caballeros Radiantes, aquellos cuyas inseguridades y traumas hemos ido comprendiendo con el paso de las páginas, se alzan unidos para enfrentarlo.

La cuestión psicológica

La tercera parte culmina un sendero de fantasía épica con elementos de autosuperación. Los traumas no sirven aquí solo a la construcción de los personajes, sino que son clave para los objetivos de la saga. La epicidad, que se alza como uno de esos objetivos, se consigue mediante este método. Y digo que «se consigue» porque esa construcción psicológica es coherente, pero el autor narra como la madre que ofrece alimento ya masticado a su cría. La cuestión aquí es hasta qué punto el lector es capaz de comprar estos momentos.

No digo que los problemas psicológicos no estén tratados con respeto y razón de ser, sino que la psicología de un personaje debería ser siempre implícita. Por ejemplo, el proceso psicológico por el que pasa Dalinar es evidente y no es necesario que tengamos esa cantidad de páginas para describir su estado mental. Como seres psicológicos somos capaces de comprender su dolor con solo unas pinceladas. Y ese es otro problema que se repite a menudo y ya mencionaba en críticas anteriores: la descripción de emociones en lugar de mostrarlas. Sanderson construye mejor el instante que el proceso, por paradójico que esto resulte.

Que este autor tiene ideas colosales es claro. Entre las muchas que ya he mencionado en estos textos, está el asunto de los protagonistas de este relato mítico-psicológico. Los Caballeros Radiantes deben estar psicológicamente rotos para despertar su poder. Vincular magia y trauma es una idea poderosa, pero a menudo hay una dependencia tan excesiva en lo psicológico que casi se siente como un libro de autoayuda que quiere tocar todos los palos posibles. Como si quisiera ir tachando una lista de traumas y cada personaje representase cada uno de estos.

El lector debe siempre transitar la vida del protagonista paralelamente en su tránsito por la suya, y estoy seguro de que a menudo Sanderson consigue que así se sienta. Pero la literatura no va de eso. Esta no ofrece descripciones, no ofrece respuestas, y aunque ofrece un proceso transformador, este debe suceder, no hacer que suceda. La literatura confronta ideas incómodas y, si ofrece algún consuelo, es siempre el consuelo empatizador, no el resolutivo.

Desde la depresión o el alcoholismo al abuso infantil, Sanderson es ambicioso a este respecto. Nunca me han convencido las alegorías, y en esta saga el mundo fantástico y el gusto por su relato a menudo quedan a merced de todo lo que tiene que ver con esa primacía psicológica. Afortunadamente, esto no es solo una alegoría psicológica, ya que hay otros muchos elementos que destacan, desde la cosmovisión de Roshar hasta sus cuestiones geopolíticas, que ya se dejaban entrever en el tomo anterior. Dependerá de cada uno, pero cuando leo fantasía prefiero esto último, porque si quiero leer respuestas sobre psicología me voy fuera de la ficción.

Un mundo complejo y re-humanizado

Recupero ahora el concepto mítico-psicológico, y es que Sanderson construye un mundo que combina los dos aspectos en esta saga. Pero es mejor cuando desarrolla su propia mitología. En esta entrega el mundo de Roshar se expande no solo míticamente, sino también desde la geopolítica. Esto se suma a tantos otros elementos sobre los que el lector puede elegir cuáles priorizar. Personalmente, el elemento más interesante que tenemos aquí es el del cambio de perspectiva. Cuando esta cambia, todos los que están insertos en su contexto también lo hacen. Los humanos nunca han sido los invadidos, sino que siempre han sido los invasores.

Esta condición de out-siders explica su dificultad para soportar las altas tormentas, de las que solo pueden librarse gracias a los avances tecnológicos. Hay varias ideas que extraer de esto. Una es el de la ambición humana incontrolable, pues a los humanos se les entregó una región más propicia para que prosperaran, se los recibió con empatía y, sin embargo, portaban consigo al dios del Odio. Con el paso de los siglos, olvidaron que ese no era su hogar, y empezaron a conquistar y someter a todos los territorios y sus habitantes. Y aquí es donde conecto con esa primera crítica que hice sobre el Camino de los reyes: Sanderson es ambicioso porque quiere explorar y tocar muchos asuntos, quizá demasiados, pero su punto fuerte sigue siendo la construcción de mundos.

La complejidad de esto no solo reside en que es capaz de idear un mundo fantástico, sino de generar un mundo fantástico no humano. Aunque precisamente eso acabe estando muy representado por humanos y oyentes.

El autor del Cosmere ha sido capaz de crear en esta saga un mundo inhabitable para los humanos, pero hecho a la medida de una raza, como los parshendi, que se han olvidado a sus dioses y han aceptado al invasor. Con ello, también han hecho suyo el odio que llevaba consigo la naturaleza humana. Los sometidos son los que han aceptado el paradigma humano, olvidando el suyo. De modo que todo lo que debería ser en este planeta ya no es porque los humanos se encargaron de alejar a sus habitantes de sus dioses.

En ese olvido de lo que debería ser es donde aparecen Los Caballeros Radiantes como representantes de lo mejor de la humanidad. Y también de la raza de cohabita y es nativo de este planeta, los parshendi u oyentes. Los Radiantes deben ahora luchar por esos ideales perdidos y salvar un hogar que en realidad nunca fue suyo. Por eso, la moral, las cuestiones del honor caballeresco y los planteamientos metafísicos no quedan a la zaga de lo psicológico, sino que se complementan en una fórmula que a algunos fascinará y a otros les hará fruncir el ceño. Yo me quedo a medio camino, pues le concedo un valor a lo que Sanderson intenta y en buena medida consigue.

Los personajes

He realizado un atisbo de aquello en lo que más me quería centrar. Pero hablemos un poco de los personajes, pues son los que, mejor o peor, deben siempre sostener el relato por muy bien construido que esté el escenario.

Empecemos por Kaladin. En este libro es en el que más se disfruta de él. Supera en buena medida sus dudas y su tendencia a la depresión, que resultaban a veces insufribles por esa poca sutileza de Sanderson. Porque en este caso a veces más introspección por parte del narrador, significaba menor empatización por parte del lector Y es que Kaladin rozaba el hartazgo. En esta entrega se luce más que nunca. Por fin lo vemos superar todo aquello que arrastraba para convertirse en el super-hombre que estaba destinado a ser.

Con Shallan se plantea una cuestión muy interesante sobre su identidad, un planteamiento enriquecedor sobre qué parte de nosotros debe imponerse. Plantea también una cuestión que a menudo nos ronda: ¿qué haríamos nosotros si nuestras decisiones marcasen tipos de vida distintos? El deseo sobre vivir diferentes vidas reside en cada uno de nosotros, y todo lo que eso implica es, de nuevo, una idea muy poderosa introducida ya en el libro anterior. Pero creo que de nuevo Sanderson no termina de explotar narrativamente este conflicto personal, pues empatizar con Shallan a este respecto debería de resultar más fácil de lo que acaba siéndolo.

Por su parte, de forma tardía en la novela, aparece Szeth. Su personaje está ahora con el Heraldo que representa la ley. Lo interesante de este último es que, siendo definido como la Justicia misma, comete a menudo errores. Esto revela que la ley es una construcción humana y no natural, pero además que en este mundo hay muchas cosas que están rotas aparte delos personajes. Szeth se acabará alzando, quizá en el quinto libro, bien como la justicia en términos absolutos o como una justicia cambiante que depende de la perspectiva. Yo me inclino más por lo segundo, pues ya vemos aquí un atisbo de que nada en Sanderson es absoluto. El caso es que parece destinado a sustituir al que ha sido su maestro para establecer un concepto de justicia más justo que el actual. Esta cuestión sobre Szeth podría ser uno de los más grandes motivos para continuar leyendo la saga.

Tampoco Dalinar es absoluto en sus propios términos. El Espina Negra confirma en este libro que es el personaje más interesante de la saga. Aquel que fue un genocida en el pasado es sobre el que cae el peso de lo moral y el honor ahora. Es capaz de unificar mundos cuando comprende que uno no se desprende nunca de su dolor y sus culpas, sino que solo queda aceptarlas. Y aunque esta cuestión también es interpretativamente cerrada, funciona bien en el momento que se produce esa palmada que es historia de la literatura fantástica. El momento de la muerte de su esposa es el momento con más potencia emocional de la saga. Aunque no quiero dejar de mencionar lo que ocurre con Elhokar, pues ese momento representa exactamente lo que decía: a veces no hay respuesta y un personaje muere cuando está en el camino de encontrase consigo mismo. Es una pérdida que se siente porque ha hecho crecer a un personaje, y además con una sutileza que a menudo no se hace con los protagonistas. Pero volviendo a Dalinar, es el personaje que mejor muestra en esta saga que en todas las novelas, independientemente del género, el argumento más importante siempre es el aprendizaje.

Jasnah y Lift, por último, son dos personajes que siempre lucen mucho en escena, pero que apenas evolucionan en toda la obra. Curiosamente y en contra de lo que digo en el párrafo anterior, su estatismo es en gran parte su virtud. Aunque si sigo manteniendo el interés por las dos novelas que restan hasta el momento, es por saber cómo y de qué manera Jasnah se rompió en el pasado.

Pero así es: el argumento de casi todas las novelas es el aprendizaje. Lo criticable hacia Sanderson es que te coge y te zarandea para dejarlo claro. Disecciona todo lo que sus personajes llevan dentro, y esa falta de sutileza es lo que deja el sabor de exceso psicológico. Sin embargo, cuando los personajes se revelan contra lo que les está sepultando, la epicidad salta por los aires. Si uno está dispuesto o no a pasar por más de 4000 páginas para llegar a estos momentos, no puedo decantarlo en esta crítica, solo ofrecer los atisbos de los que el lector quiere tirar. Juramentada se alzaba en un relato capital de la fantasía moderna en el momento de su publicación. Si los siguientes volúmenes de la saga se pasarán por esta revista, solo el tiempo lo dirá.

Aitor Marqués M

Aitor Marqués M

Una buena historia no depende del medio, sino del modo. No es la que ocurre, sino la que podría haber ocurrido; en este mundo o en otro. Hablemos de ellas a la luz de la hoguera. Hablemos de ellas en Rohen.

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