Super Gecko Sunshine
El Wholesome Direct se ha vuelto una cita ineludible para cualquier persona interesada en lo indie, con o sin comillas. Y aunque la etiqueta de «wholesome» pueda echar para atrás a algunos, se ha vuelto un cajón de sastre que ha abierto las puertas al medio tanto a nuevos jugadores como a nuevos desarrolladores. Y fue en esta misma conferencia, en el lejanísimo 2021, donde la mayoría de nosotros conocimos a Gecko Gods. Entre el mar de juegos de granjas y derivados el juego de Inresin (Louis Waloschek) brillaba con luz particular, la luz dorada de sus propios escenarios y del pequeño reptil que los atravesaba.
Gecko Gods es un plataformas minimalista que se basa principalmente en la libertad, aquella que te dan cuatro pequeñas pero rápidas patitas que pueden pegarse a cualquier superficie. El movimiento del pequeño reptil llama la atención por una especie de mezcla entre el naturalismo y una vis cómica propia de una película de animación. Nuestro objetivo será ir logrando desafíos y el ocasional puzzle mientras exploramos un paradisiaco archipiélago. El juego te insta a dar rienda suelta a esa curiosidad primaria de no dejar recoveco sin revisar.
La primera duda que me asaltó después de conseguir manejar por mí mismo al gecko fue: «Veamos a que se deben estos años de desarrollo». Y siento llegar a la escritura de este análisis sin una respuesta definitiva, pero la mayoría de juegos de este calibre son pequeños milagros. Cualquier juego es más complejo de lo que pueda parecer a primera vista, y Gecko Gods no es una excepción. Me aventuro a decir sin miedo a equivocarme que la principal seña de identidad, el poder escalar cualquier superficie sin importar la inclinación, no ha ayudado a que la programación sea sencilla. Sin embargo el resultado habla por sí mismo, y poder encarnar al gecko es una maravilla.

La sensación a los mandos es la de un niño con un juguete nuevo, un juguete de los buenos. Pero aunque la broma sea fácil, esto no se trata de un Mario, pero de serlo claramente sería Super Mario Sunshine. Y no es solo por la conexión fácil con las islas soleadas de Gecko Gods, sino por su control y lo preciso que es. Super Mario Sunshine se arriesgaba con un esquema de control bastante complejo pero también uno con el que era muy difícil moverse con finura. Y aunque cuando funciona es absolutamente único, en muchas, muchísimas ocasiones, la imprecisón del control y el diseño de niveles chocaban como dos trenes a toda velocidad. En Gecko Gods, aunque se sitúa en las antípodas respecto a la complejidad, tiene en común la falta de precisión, pero aquí funciona inequívocamente como una virtud.
Es contraintuitivo que un movimiento poco preciso sea una virtud en un juego que se centra únicamente en esto, el movimiento entre plataformas; sin embargo, Gecko Gods construye su diseño alrededor de este aspecto. Los desafíos que te encontrarás a medida que explores el archipiélago nunca van a pedirte movimientos extremadamente precisos. El plataformeo se basa en su mayoría no en conseguir llegar habilidosamente a un enclave difícil de alcanzar, sino de dar rienda suelta a tu movilidad con el objetivo de explorar y en última instancia descubrir. Tropezarte o quedarte corto en un salto solo añade a la comicidad del movimiento encantador del gecko. Y aun cuando el desafío sube siempre es de manera muy suave y ajena a cualquier ápice de frustración.
En palabras de sus desarrolladores: «(…) todo a tu ritmo. Solo una aventura agradable y un mundo lleno de tranquilo asombro». Esta filosofía se conjuga con su diseño; el número limitado de verbos que manejas en Gecko Gods (correr, saltar, esquivar e interactuar) funcionan a servicio de la exploración, que es el verdadero núcleo. De forma inteligente y en ocasiones sin necesidad de palabras, Gecko Gods sabe guiarte por sus ruinas con un diseño visual y de niveles muy limpio y efectivo. Los desafíos en muy pocas ocasiones son realmente puzzles porque el juego prefiere que sigas moviéndote en todo momento a pararte para hacer algo que te aleje de la diversión de explorar. Esta fórmula hace que Gecko Gods te ayude a desconectar de una forma muy específica. No es un videojuego con el que disociar, Gecko Gods te invita a sumergirte en una exploración estimulante pero siempre relajada.

Esta sensación de confort no llega a ser completa sin la presentación visual y sonora del juego; los cálidos rayos de luz rebotando en paredes de piedra curtidas por tiempo y sal o el repiqueteo de tus patas que siempre suena distinto en cada leve diferencia de superficie. Gecko Gods es un juego que apetece habitar, en el que simplemente deambular sin rumbo es agradable. Y la banda sonora no se queda atrás. Habrá canciones que se abrirán paso sin vergüenza ninguna para que las escuches y les prestes atención. Es el ejemplo del tema que suena al coger el barco, que más allá de acompañar el gameplay consiguen destacar por sí mismas para elevar todo lo que ves y haces en pantalla, casi acercándose a esa canción perfecta que sonaba cuando íbamos a caballo de noche en Zelda Breath of the Wild.
No obstante, Gecko Gods no deja de ser un juego humilde aunque sea capaz de brillar con fuerza en momentos puntuales. Uno de los principales problemas es el alcance de su diseño de niveles. Hay puntos del juego en el que los desafíos a completar se suceden de forma más seguida que de costumbre. Nunca acaban siendo repetitivos pero si pueden llegar a perder el interés. Durante la mayor parte del juego, como explicaba anteriormente, estos se basan simplemente en encontrar la solución a base de observar y moverte. No es hasta el final del juego en el que Gecko Gods se atreve con otro tipo de desafíos más basados en el movimiento incluyendo trampas u otros obstáculos que añadan interés. Este miedo por causar fricción resulta en un desaprovechamiento de lo bien que se siente moverse. Porque aunque no puedas hacer nada con gran finura, en mi caso muy rápidamente conseguí adaptarme a las cadencias del gecko para ser capaz de intuir cuál es el momento justo de saltar; esa sensación nada desdeñable de poder mover al personaje sin tener que sobrepensar el movimiento de tus dedos sobre el mando.
En las cinco horas que me tomó aproximadamente encontrar todo lo que Gecko Gods tiene por ofrecer, el juego de Inresin ha sido una sorpresa más que agradable. Un pequeño experimento que demuestra lo maleable que puede ser el género a través de una propuesta llena de originalidad, encanto y buen gusto. Gecko Gods sale mañana a fecha de escribir este artículo, el 16 de abril, en Switch, Steam y PS5.






Comments
Alberto
Que pasada de artículo, le tenía unas ganas locas a Gecko Gods, no puedo esperar a mañana