Poner sobre la mesa la salud mental
Cris, una corredora de élite, sufre un brote psicótico que la obliga a alejarse de la alta competición. No todos a su alrededor podrán o sabrán cómo ayudarla, pero Natàlia, su hermana, será su lugar de refugio para aceptar su condición y redefinir su ritmo de vida. Corredora retrata un universo poco explorado en la ficción, el de la salud mental en el deporte de élite. Y sobre este eje pivotan temas tan humanos y universales como la aceptación, la reconciliación, la autoexigencia o el miedo al fracaso.

La película tuvo su estreno en el Festival de Málaga, como parte de su Sección Oficial a competición, donde se llevó el Premio ASECAN a la Mejor Ópera Prima y tendrá su estreno en salas el 29 de mayo de 2026.
En la teoría crítica existe un concepto que es el de «lugar común», normalmente asociado a un «tópico» o a un elemento repetitivo que se da en una gran parte de lo que consumimos. Es muy habitual en cualquier producción artística recaer en estos lugares comunes ya que impregnan la sociedad y sus discursos, y es trabajo del creador estar atento y evitarlos o abrazarlos siendo consciente de su implicación (esta descripción del artista como «creador» es un lugar común que nos llega desde el romanticismo, por ejemplo).
Corredora parte de una premisa muy llamativa ya que precisamente evita estos lugares comunes y se plantea desde una posición, cuanto menos, poco habitual. El deporte de élite tiene su nicho dentro las producciones audiovisuales, pero suele estar enfocado desde una visión simplista de autosuperación. Un personaje con talento se esfuerza mucho porque a pesar de su talento tiene todo en contra, un personaje sin talento consigue su objetivo porque se enfrenta a los mejores, el compañerismo surge como poder cuasi mágico para salvar la situación en el último segundo… Todo esto resuena constantemente y resulta familiar para aquellos que consumen el deporte en la ficción, y esta película lo evita magistralmente.
El mayor incentivo para este rodeo a lo establecido parte de que la enfermedad que sufre la protagonista aparece desde el principio, está en el centro y se maneja desde una naturalidad reconfortante. La propia directora plantea lo siguiente:
En cierto modo se enfrenta al mayor temor de cualquier deportista, una lesión, pero la suya es invisible para los demás y, a veces, incluso para ella misma. Sus piernas están en plena forma, pero aquello que las impulsa, no.

«Una lesión invisible», sin duda esto es lo más importante y se hace patente en cada minuto del film. La naturalidad en la película que planteaba antes nace de una red de apoyo familiar que dista mucho de ser perfecta, pero que retrata precisamente cómo se suele vivir en la realidad: unos padres con unas expectativas concretas sobre sus hijos, hermanos que se apoyan y se rebelan contra la autoridad parental aunque no sea lo mejor, conversaciones incómodas pero necesarias, pocas palabras, muchos gestos, miradas concretas…
Todo esto se alimenta con una banda sonora y unos efectos de sonido excepcionales; la atmósfera que se crea y la relación de los personajes con la música está a un nivel altísimo. Más que por la trama muchas veces el ritmo lo marcan estos sonidos, que además se hacen patentes, están ahí en primer plano y quieren poner de manifiesto una realidad a través del espacio sonoro. El cuidado al detalle con el tipo de música que se presenta marca la diferencia entre ver el ataque psicótico que sufre la protagonista y vivir ese mismo ataque. La profundidad en la mentalidad hipercompetitiva de la misma, así como su estado de ánimo, se entiende a la perfección gracias a esto y a sus silencios.

Todo lo planteado hasta ahora es lo que mejor sabe hacer la película, y por desgracia siento que se queda simplemente ahí. Al terminar, tuve la sensación de que faltaba algo, de que estaba incompleto, y muchas veces esto se debe a la falta de claridad en la inmediatez de los pensamientos. Sin embargo, tras reflexionar sobre ello e intentar ponerlo en palabras me doy cuenta de que sigue sin haber algo que me llame la atención más allá de lo comentado. Soy de los que cree que la mayoría de producciones humanas tienen algo positivo y único en sí mismo, y por supuesto, por volver a los lugares comunes, está el cliché de «para gustos colores»; no obstante, mi sensación no resultaba tan simplista como esa.
Me parece injusto intentar achacar algo grandilocuente, como de obra maestra, a cada película, serie o libro que consumo. Muchas veces siento que estos productos culturales tienen que existir, tienen que estar ahí y tienen que servir para descubrir nuevos potenciales sin necesidad de poner el sello de «clásico moderno» a diestro y siniestro. Y me parece injusto sobre todo cuando se trata de el primer largometraje de la directora y cuando hay cosas que realmente me han gustado y me han apelado por sí mismas, no por la condescendencia típica del que critica algo, sino porque me parece una propuesta genuinamente atrevida y original.
Poder hablar de la salud mental, poder convertirlo en una película con unas actuaciones maravillosas y una banda sonora sobresaliente me parece digno de aplaudir, a pesar del sentimiento de que no avanza hacia un lugar en concreto o que el intento de plasmar un fragmento concreto de una realidad se queda corto. Para mí este tipo de propuestas son los pilares para que temáticas similares surjan y para que el esfuerzo de los que lo han hecho posible se vea reflejado. Al final del día, someter a una película que trata sobre la exigencia y la presión en el deporte de élite a la exigencia y presión del circuito cinematográfico me parece un poco el ouroboros de la crítica (por escapar del lugar común «la pescadilla que se muerde la cola»).





