Oda relata el mito de nuestros días
Este artículo iba a ser, en principio, una crítica a la segunda temporada del live action. Pero a la que abordo una de las obras de mi vida, parece conveniente mirarla desde, en principio, tres prismas. Abordaré, con esos pretextos, asuntos derivados. Antes que nada, reconozco que mi mirada es sumamente optimista, pero el propósito es dejar ahí esas cuestiones para su reflexión individual o en círculos en los que, como por aquí, se ame esta obra. Pero también para los que no lo hagan o, lo que es casi lo mismo, los que aún no se atreven a acercarse.
Epopeya, relato mítico
Con One Piece uno tiene la sensación de asistir a un relato mítico mientras se gesta. Asistimos a la evolución de sus personajes y el desarrollo de un mito en una especie de retrospectiva que aún está por llegar. Nosotros, como lectores o espectadores, llegamos a Laugh Tale hace mucho tiempo. Llevamos allí esperando con la mirada puesta en el horizonte desde el inicio de la serie. Lo que no podemos saber es lo que implica el tesoro hasta que llegue Luffy. Porque solo entonces cobra sentido. Aún así, conocemos el final porque allí nos encontramos. Lo que no recordamos es cómo hemos llegado al final del viaje. Y eso es exactamente lo que implica un mito: aunque nos cueste recordarlo, habla siempre de nosotros.
En esta obra no solo sus personajes conforman el mito, sino las pequeñas historias que pueblan su mundo. Es ese relato susurrado en los phoneglyphs, esa maldición que implica la fruta del diablo, Zunesha, Joy Boy, el Siglo Vacío, los dioses del pasado, Nika , Elbaph, el baile de Skypea… la lista de fragmentos que conforman un relato mítico que se proyecta hacia el presente es prácticamente interminable. Una lista de fragmentos e historias que, al final, será solo una pieza. Uno siente que One Piece es una obra de la humanidad, un mito humano en forma de viaje, de epopeya, de relato épico que terminará, como no puede ser de otro modo, con una carcajada.

De la moral honesta de Luffy
Muchos personajes de esta obra representan el buen hacer de la humanidad. Pero ninguno lo representa mejor que su protagonista. Luffy es tan inocente, tan cercano a un niño, porque tiene la capacidad de penetrar la esencia de las cosas y de los otros. Luffy es la mente simple cuya intuición sobre las cosas que de verdad importan es insondable. Es la complejidad de lo sencillo, la honestidad del inocente que se quita los ropajes del buenismo. Su inocencia lo hace puro, un personaje irresistible del que incluso sus enemigos nunca se dejan de ver atraídos. No necesita ser listo para poseer la mayor de las inteligencias.
Luffy es, además, otro de los muchos Quijotes de la ficción, pero la realidad que él percibe transforma su mundo y no al revés. No en lo material, pero sí en lo moral, cosa que a Don Quijote se le imposibilita. Posee el poder de un Dios, pero no por Nika, sino por su capacidad transformadora del mundo. Es un reconstructor de la moral, y mi tesis ha sido siempre que en realidad la pauta sobre lo que verdaderamente es la piratería en este mundo la marca él, el espíritu de Joy Boy y seguramente algún que otro personaje clave. Los argumentos por encima de todos los que esta obra posee son la libertad y la alegría de vivir. Luffy busca ser el rey de los piratas para obtener eso, y también para ofrecerlo a los demás. Habrá quienes sean incapaces de comprar ideas de un calado tan naif, pero son dos cosas por las que siempre merece la pena luchar. Aquí, en este lado, y en el de la ficción. Aunque en el mundo de One Piece los asuntos sobre el bien y el mal se tracen con con claridad y se vean simplificados por su condición de shonen.
Cuando hablo con amigos sobre One Piece, me doy cuenta que los fans de esto estamos divididos entre los que priorizan las peleas y sus poderes y los que, aunque nos interesan, las situamos en un segundo plano. Sin embargo, las peleas ganan una dimensión muy interesante cuando entiendes que en realidad son un símbolo de una lucha de voluntades. El haki del rey, que representa exactamente eso, es un elemento que condensa todos los demás sobre las peleas. Luffy será el rey de los piratas por la voluntad inquebrantable, sin dejar de sujetarse a un realismo inevitable: a pesar de su voluntad, los personajes que eran más fuertes que él le han dado a menudo una paliza. Por lo tanto, One Piece habla de una voluntad que todo lo puede, pero no está por encima de la realidad. Como mucho, está a su altura.
La obra de Oda habla de cosas que en gran medida creíamos olvidadas. Es la epopeya de nuestro tiempo, pero las ideas que transmite parecen remar en contra o al menos ser una isla en medio de un océano de ideas perdidas. One Piece habla de fidelidad y de lealtad, porque en los dos años del Time-skip nunca dudan de que ahí estarían el día y el minuto exacto acordados. Así como Penélope fingió tejer durante veinte años para esperar el regreso de un marido del que nunca dudó que volvería. One Piece habla de que un herido no necesita tener dinero en los bolsillos para ser tratado o un hambriento ser alimentado. Un médico o un cocinero no dudan ante tales obviedades. En un mundo de dudas sobre nosotros mismos, el determinismo de Luffy está marcado no por saber si logrará su objetivo, sino de cómo va a hacerlo. Y quiere llevarlo a cabo por la senda difícil, porque obtener algo sin lucharlo no es un logro, sino un regalo insulso. De ahí que no quiera coger atajos. Las ideas de One Piece son de una simpleza tan evidente, que precisamente ahí reside su virtud. One Piece no se deja enmarcar en discursos políticos porque su discurso no es tal. De hecho, el discurso siempre lo ponen otros, porque esta obra es un relato de asuntos humanos.

La trascendencia cultural
Otra de esas cosas contra las que One Piece rema, como si se tratase de la misma Reverse Mountain, es ese relato gigante y épico en el mundo actual. Desde la crítica literaria llevamos insertos en el posmodernismo ya casi medio siglo, y quizá hayamos entrado ya en un paradigma no tan vinculado a la mezcla de géneros, sino a la absoluta inmediatez. Dos cosas a este respecto: lo primero es que One Piece es una epopeya con extravagantes ropajes posmodernistas. En cada isla se representa una cultura diferente, desde Wano y el Japón hasta Dressrosa y España o Elbaph y el mundo vikingo. Pero no solo eso, sino que además introduce temas del flolklore y el mito, de la cultura pop, sin olvidar una crítica social y política más que palpable. Eso respecto a lo posmoderno. Lo segundo, es que si ahora estamos pasando a un paradigma de la inmediatez, esta serie lleva publicándose desde 1997 en el manga y desde 1998 en el anime. Un capítulo de 20 minutos por semana. Casi 30 años después, es uno de los productos más mainstream en Japón y en el mundo entero. Hasta tal punto que hemos visto cómo One Piece trasciende lo ficcional, convirtiendo su bandera en símbolo de libertad en países que estaban corrompidos por sus gobiernos. Como en el caso de Nepal, Indonesia, Perú, México o Filipinas.
Probablemente, hemos saturado de significado la vida hasta tal punto, que hemos olvidado los valores que deberían ser pilares. Esos que, como humanos, quizá deberíamos dar por sentados sin dejar de reivindicarlos. One Piece recuerda eso. Y si llega a cada rincón del planeta es por su marcado tono de apelación universal. Probablemente sin pretenderlo. Está repleto de valores que nos representan independientemente de la cultura. Eso es algo que muy pocas obras consiguen y las que lo hacen, no pueden ser menos que una obra maestra: si no del arte, sí de la orfebrería humana.
Todo eso es gracias a su orfebre, a Eiichiro Oda. Porque podría mencionar esos defectos que todo seguidor de One Piece conoce, sobre todo en lo que se refiere al anime. Pero si es el precio a pagar para recibir todo lo demás, yo estaré dispuesto a pagarlo. Todo llegará a su final, pero el relato de Oda dejará una huella imborrable en la cultura universal para convertirse en la obra de todos, una pieza irrepetible.




