La adaptación de Amélie Nothomb
Little Amélie or the Character of Rain…
Amélie et la métaphysique des tubes…
Ambos títulos comparten ese potencial lingüístico, ese efecto que producen las palabras que, a veces, simplemente te atrapa; «la metafísica de los tubos», una frase que se entiende desde el minuto uno de la película:
Existe una metafísica de los tubos. Sobre los tubos, Slawomir Mrozek ha escrito palabras que uno no sabe si son abrumadoras en su profundidad o extraordinariamente desternillantes. Quizá sean ambas cosas a la vez: los tubos son una singular mezcla de plenitud y vacío, de materia hueca, una membrana de existencia que protege un haz de inexistencia.
(Nothomb, 2016)
Este extracto y el comienzo de la película se entienden simultáneamente, y sin embargo, no hace acto de presencia. Este fragmento pertenece al último párrafo de la introducción a la novela de Amélie Nothomb, en la cual está basada la película, y que, sin embargo, muy notoriamente se deja a un lado en el film que casi palabra a palabra replicaba esta misma introducción. Pero, ¿qué tiene que ver todo esto con la animación, los Oscars, Amélie Nothomb o la metafísica? Quizá la forma más fácil de entenderlo sean precisamente las ausencias.

Más allá de los prolegómenos iniciales para captar la atención o atraer a aquellos despistados que acabaron aquí, hace falta entender algunos orígenes para vislumbrar las ausencias de los mismos. Little Amélie or the Character of Rain se presenta en 2025 de la mano de Maïlys Vallade y Liane-Cho Han, ambos con amplia experiencia en el mundo de la animación pero sin mayor notoriedad en la escena pública. De igual forma, los estudios productores del metraje, Maybe Movies e Ikki Films, cuentan con un catálogo excelente, un nivel de producción ejemplar, un palmarés digno de los mejores, y aun así se siente como una revelación saber algo de ellos. Sin considerar como absoluta esta visión puramente individualista, me propuse indagar un poco más acerca del impacto o la repercusión que estaba teniendo la película, acudí a mis fuentes de confianza entre las que se encuentra Animation Obsessive, una delicia para los amantes de la animación que hace justicia a su nombre subiendo con frecuencia noticias, artículos, archivos, entrevistas… y que dedicaron únicamente la siguiente línea a la metafísica de los tubos, en el último apartado de pequeñas noticias del mundo de la animación, en uno de sus artículos recurrentes:
As its Cannes debut nears, the French film Little Amelie or the Character of Rain now has a full trailer. See Cartoon Brew for details on the project.
Y ya. Lo sentí tan fugazmente como la propia nominación en los codiciados premios norteamericanos, que se puso «porque tenía que estar». Y por suerte, no podría estar más equivocado y alejado de la realidad.

Little Amélie es para mí uno de los descubrimientos del año, y será la vara de medir con la que calzaré el resto de largometrajes de animación que vaya descubriendo conforme pasen los meses. La ausencia de reconocimiento (más allá de la evidente nominación) resulta un ultraje por el valor que toda la película acarrea sobre sus hombros.
Primero parte de una trama peculiar, que a su vez está basada en la novela homónima de Nothomb, una de las voces femeninas más prolíficas y notorias de las últimas décadas. Esta trama narra el nacimiento de una niña y su especial vida, todo desde su propia perspectiva, desde unos ojos de bebé que van creciendo y haciéndose al mundo (o el mundo haciéndose a ella). La primera ausencia que encontramos es lo específico de la novela con respecto a la película, y es aquí donde reside uno de los puntos fuertes del largometraje. Mientras que en la novela, por ejemplificarlo alejado de spoilers, se narra el nacimiento de la bebé como un «vegetal», la película simplemente lo trata como una insinuación contenida dentro de la mirada de la neonata y acompañada por la propia animación que marca el ritmo de su vida. Estos destellos de sutileza están presentes durante toda la película, animan a aquel que conoce a regocijarse en lo oculto ante los ojos, y al que no, a descubrirlo. El acto de «no decir» se vuelve una decisión consciente que alimenta una historia ya de por sí atractiva. No obstante, la película no sólo se queda en una decisión de guion y una buena adaptación, marca un ritmo que consigue la empatía del espectador a pesar de la diferencia de edad con el personaje principal: la soledad, la muerte, la guerra, la autopercepción… son temas que no escapan a nadie, y se hacen presentes desde una vivencia única, porque no todos hemos convivido con los yokai o los peces koi, pero podemos saber y reconocer cierta autoridad y consecuencias ante los ojos de nuestras acciones, o cómo asociar algo «feo» a aquello que no nos gusta.

Lo segundo que trabaja con especial excelencia esta película es la animación. El nivel de detalle y producción que se le dedica es ya de por sí merecedor de la estatuilla dorada. A nivel técnico ofrece unos colores que acompañan cada escena en una iluminación exacta que transmite, como la propia trama, las sensaciones necesarias sin necesidad de hacerlo explícito. La ausencia de lineart hace de la experiencia visual algo que reconforta y sorprende, una elección que remite a lo infantil, por lo inevitable de su protagonista, pero que constantemente hace gala de su artificio y seriedad para aquellos que conocen las vicisitudes de este estilo, justo como lo que quiere contar. Es un pulso constante entre la belleza de lo que se muestra en pantalla, el asombro de descubrir el mundo, y las dificultades filosóficas y técnicas que conlleva el hecho de estar vivo.
Esta película celebra la vida, no desde una óptica optimista y despreocupada que se aleja de la realidad, sino desde una posición extraña, incómoda, por momentos fantasiosa, que te hace reflexionar y cuestionar aquello que ves. Las ausencias van de la mano de las vivencias, no se puede saber lo que no está si no se sale a buscarlo y, alejándose de comparativas entre novela y guion, nominaciones y premios, relevancia cultural y espacios, la falta de reconocimiento que creo debe merecer no es comparable a la felicidad de saber que la he podido disfrutar.
La lluvia, tibia y hermosa, me sedujo desde el primer momento.
(Metafísica de los tubos, Amélie Nothomb)




