Frankenstein, Del Toro y nuestro presente
Póster alternativo por Denver Bakbaboco
Del Toro nos tiene acostumbrados a producciones llenas de contrastes, con luz y oscuridad, delicadeza e inclemencia; a veces, difíciles de tragar, pero igualmente atrapantes. Es evidente que hay factores en común en films como La forma del agua o El laberinto del fauno, y es que podemos decir que Guillermo planta bandera en el ámbito audiovisual. No ignora el contexto del mundo, no ignora la crueldad latente, no ignora las injusticias sino que las traslada a su arte, sembrando la semilla de la ternura casi como una militancia y unos lentes a través de los cuales mirar.
Con Frankenstein sucede algo similar. Aparte de tocar temas como la herencia de patrones por parte de nuestros progenitores, la necesidad de procrear sin una toma de conciencia sobre la responsabilidad emocional que eso acarrea, los estándares de belleza y cuánto influyen a la hora de tratarnos, nos enfrenta a algo inherentemente incómodo: la belleza del dolor y los finales sin una redención que nos haga irnos a la cama calentitos y tranquilos.
Tantas cosas regresaron; lo gótico también.

Hemos notado el regreso de ciertas modas producto de sentir que hay algo en la actualidad que comienza a ser una piedra en el zapato, lo cual nos lleva a buscar refugio en lo conocido. Formas de vestir de los 90 o los 2000, la vuelta de lo analógico, la necesidad de parar tanta digitalidad y rapidez y reemplazarla por libros reales, música en formatos de guardado físicos, auriculares con cable, escribir sobre papel… Todo aquello que nos recuerde o nos dé la sensación de que tenemos el control es bienvenido en un mundo que se disputa tierras con alevosía, cual Imperio Romano en el siglo III, donde no sabemos bien qué rumbo están tomando las cosas y eso se vuelve un poco abrumador.
A veces pareciera que exteriorizar el sentir se vuelve incómodo y, por momentos, hasta peligroso. El movimiento gótico surgía en un contexto similar allá por el siglo XVIII, en Inglaterra, durante una época de muchos disturbios políticos, como una forma de exponer emociones viscerales y contraponerlas de manera reaccionaria. Sus alusiones a la religión y a la opresión de los mandatos dan como resultado obras como la de Mary Shelley, donde cuestiona la posición de la mujer y se pregunta dónde quedan sus deseos y sus temores en una sociedad tan castrante y puritana.
En Nosferatu, la versión cinematográfica adaptada por Robert Eggers en 2024, podemos ver cómo la historia se orienta más hacia el personaje de Ellen Hutter —con la magnífica actuación de Lily-Rose Melody Depp—, en representación de una mujer que sentía demasiado, con pasiones fervientes (incluyendo la curiosidad por explorar su propia sexualidad), inmersa en un entorno que jamás la comprendería sin juzgarla. Todo ello se termina convirtiendo en una oscuridad que, si no se manifiesta, consume hasta corromper. Entonces, lo gótico surge cuando la sensibilidad no encuentra lugar en el orden social. Y, si bien nuestra época posee detonantes diferentes a los de hace tres siglos atrás, nuestra sociedad parece estar viviendo nuevamente las mismas sensaciones sofocantes y desconcertantes.
Esto habla de qué sentimos; sentimos mucho y no sabemos muy bien qué hacer con ello: ¿expresarlo públicamente en internet? ¿militar en las calles? ¿clasificarlo bajo un rótulo como a tantas otras condiciones?

Del Toro, la expresión artística y el dolor
Si bien el director se ha tomado licencias a la hora de adaptar este clásico (que alcanza para debatir en otro artículo), no deja de ponernos de frente a la crudeza, a los sentimientos extremos, a la inocencia corrompida y a la contemplación. En escenas donde convergen la mutilación de extremidades humanas con algo tan puro como ver al monstruo regalando una pequeña hoja seca, nos detenemos frente a la realidad de la vida y de nuestro paso por ella. Es exactamente así: contrastante.
Lo gótico y su melancolía se hacen presentes en una película que nos habla de encarar nuestro pasado, de personas que destruyen a su paso a causa de sus dolores anteriores, pero que, al ponerlos bajo la luz, podemos concretar el intento de que no regresen en un futuro. El monstruo ve lo que vemos todos: el desasosiego de la crueldad intrínseca al ser humano, la capacidad, aun así, de amar y, sobre todo, la necesidad de ser amados para sanar.
Guillermo nos propone escenas tristes, pero sin la intención de, paralelamente, mostrar que habrá solución a esa desolación. Al contrario, sus colores y sus paisajes acompañan con esencial e inesperada belleza.
Casi como una guía para reconocer que vivir es ahondar en todo el abanico de emociones, ir de extremo a extremo y, en el medio, buscar el tan ansiado equilibrio. No para controlarlo todo, sino para alojarlo. No hay liberación absoluta en la felicidad de un final a lo cuento de hadas; la hay en la apertura y en la integración. Un corazón que se atreve a sentir encontrará pequeños refugios aún en sus épocas más hostiles.
Frankenstein y el resurgimiento de lo gótico es consecuencia de la urgencia de mostrar lo que nos pasa, asumirlo y sostenernos ante una realidad que nos empuja y apresura a resolver, a producir y ser perfectos sin emociones “negativas”. En un mundo que todavía siente (o busca sentir), todavía hay esperanza.





