La visión más humana sobre la deshumanización del siglo pasado
El mundo de ayer es una obra cuyo título es casi tan sugerente como lo que cuenta.
Publicado póstumamente en 1944, El mundo de ayer fue escrito por Stefan Zweig en 1941. Meses después se suicidaría junto a su secretaria y segunda esposa, Lotte Altmann, en Brasil. Este hecho añade al texto un componente de descubrimiento, pues a pesar del lamento por la paz y el alma humana extraviadas, rezuma un optimismo candoroso que va tambaleándose a medida que el autor ve y envejece.
La obra bien podría estar en una de esas listas del tipo “diez libros que leer antes de morir” tan en boga en estos tiempos. ¿Qué debería haber en una lista así? Responder con “un libro que hable de nosotros como ser humano” debería darse tan por sentado y ser tan tópico que acudiré a otro: lo que produce es el alivio necesario, un repelente a la angustia ante el cortejo de la muerte. Casi nada. Va a ser difícil rebajar el tono, pero hay textos que dificultan enormemente la tarea. En esta obra es lo que toca, pues se habla de lo más elevado y de lo más bajo, del ascenso y la caída; donde detrás de cada página se percibe la muerte, no angustiosa, o al menos no solamente angustiosa, sino nostálgica y brillante. Este es un libro escrito por un hombre con una sensibilidad única sobre unos acontecimientos únicos. Y lo hace con una autobiografía literaturizada. No por ello menos llena de verdad y de una fluidez verbal que exprime la experiencia a través de un viaje.

Esta autobiografía con ropajes de novela hace un viaje por las principales ciudades europeas, con unas pinceladas el autor hace un esbozo de la personalidad de cada ciudad, de cómo se sufre y cómo se vive en momentos convulsos.
Para todo aquel que conserva en el s. XXI un pulso bohemio, le resultará de gran interés su viaje a París, por aquel entonces todavía la ciudad de la eterna juventud:
“Quien de joven pasa allí un año guarda de ella un recuerdo incomparable de felicidad a lo largo de su vida”.
Viaja a Rusia en 1928. Con la revolución más que consolidada, se transmite un ambiente tenso expresado más a través de los silencios que de las conversaciones. En las gélidas miradas se percibe una victoria que no termina de construir lo que prometía. Por su parte, en Estados Unidos asegura que, en aquella época antes de que llegaran los 20, se iba muy a la zaga de Europa en lo que a cultura se refiere:
“A medida que cambia la distancia de la patria, también cambia la medida interior de las cosas”
Es una lectura privilegiada por varios motivos. El primer privilegio es de lugar, pues su protagonista y narrador es un hombre europeo nacido en la Viena de finales del siglo XIX. El segundo es de riqueza, pues su punto de vista solo es posible al nacer en una familia de la alta burguesía que le permite vivir y viajar cómodamente. El tercero es de personajes, ya que conoce a la élite cultural de la época, y su lista de contactos contiene a varios de esos personajes que nos gustaría resucitar para mantener una conversación: Rilke, Paul Valery, Rodin, Hoffmansthal, Freud o Richard Strauss, por mencionar solo a unos cuantos. El cuarto, privilegio y maldición, es el de testigo, observador privilegiado que contempla la caída del alma humana en el momento en el que, quizá, había alcanzado su mayor esplendor como sociedad.

Pasa por varias capitales europeas durante esos años, años de la Gran Guerra, de las vanguardias, del Holocausto y ascenso nazi y la inevitable desembocadura en la II Guerra Mundial. Todo esto siendo un judío de la misma nacionalidad que Adolf Hitler, del que se da una impresión curiosa en aquellos años que todavía no había alcanzado el poder.
Una de las partes más a destacar es ver cómo esos jóvenes que marchan a la I Guerra Mundial (entonces todavía Gran Guerra) marchaban con la idea de elevar aún más su espíritu, en busca de una gloria que no se puede hallar en la trinchera. Conocedores solo de la paz, ignoraban que su ansiada gloria saltaría en pedazos al primer disparo contra un amigo. Aquella guerra marcó la pauta de lo que luego fue la segunda, a la que se iba no por la gloria, sino por salvar el último atisbo de humanidad que quedaba en nosotros. Para el autor, fue difícil hallar ese atisbo hacia el final.
Tal y como lo describe Zweig, la capital autríaca se percibe como una utopía artística, un lugar en el que los poetas y los músicos son los que marcan la pauta, la tendencia. Para jóvenes y adultos, de lo que se habla en las calles es de la última obra dramática puesta en escena, del último prodigio de los versos o del concierto próximo de Mahler o Strauss. Este hecho habla en gran medida de cómo se percibe la realidad en el momento, donde aún existía el placer de saborear lo inefable, no el de consumir lo caduco:
“Parecían poseer una especie de fiebre de saber y conocer todo lo que se producía en en ámbito de las artes y la ciencia”.
Aunque, escapando de la dulzura, también es perceptible durante la lectura una moral hipócrita sobre la sexualidad, una educación inflexible y una libertad relativa. Y ante todo, se interpreta, por su falta, la mujer siempre relegada a actriz de reparto. El propio Zweig se hace partícipe de esto, aunque no sabemos por qué. Aunque podría achacarse a una reserva de la intimidad perceptible en toda la obra, apenas menciona cómo su primera mujer lo ayuda en la faceta literaria, o cómo ejerce un incondicional apoyo vital la segunda, la que fue su secretaria y la que se acabaría suicidando junto a él en la misma cama.
Para terminar, cabe insistir en que si solo uno de esos párrafos os ha despertado un atisbo de interés, tratéis de haceros con la lectura. Si no, también. Aquel que no conoce los errores del pasado está condenado a sus horrores. Pero lo dicho: esta obra es un espejo del ayer que explica las causas del mañana. Y aunque la perspectiva occidental es clara y el europeísmo no necesita justificación aquí –el libro va de eso– nuestros abismos son universales.






Comments
Virginia
Excelente reseña. ¡De Zweig habría que leerlo todo!