La divinización de la artista pop
Su primer disco, Los Ángeles, era un repaso y a la vez un homenaje al flamenco, género en el que Rosalía empezó a formarse como artista. EL MAL QUERER cimentó su estatus como artista internacional con una evolución que dejaba patente las inquietudes de una artista cada vez más completa, una artista que desde el género que le sirvió de punto de partida dibujaba una paleta en consonancia con un panorama contemporáneo. En MOTOMAMI la experimentación se transformó en vanguardia con una aproximación al pop urbano más excéntrico pero desenfadado con una sensibilidad capaz de apelar al público masivo. ¿Pero qué supone LUX para Rosalía?
No sabía qué esperar de la artista catalana con este último disco. Cuando salió MOTOMAMI hubo un gran sector (que ahora se deshace en elogios con LUX) que se sentía decepcionado respecto a lo que ellos pensaban era un paso atrás. LUX está lleno de una profundidad intelectual muy valiosa, pero sería una verdadera pena resumir profundo como interesante y lo contrario como sin valor. MOTOMAMI era filosóficamente superficial, por encontrar alguna definición, pero estéticamente su juego desenfadado estaba lleno de saber hacer y gusto. Como críticos hay que perderle miedo al quedar como “tontos” y fiarse más de nuestros instintos. Te puede no gustar LUX como te puede no haber gustado MOTOMAMI , pero hay que perderle el miedo a la palabra arte como algo elevado sí o sí, para lo bueno y para lo malo. El arte es arte, bueno o malo, profundo o superficial.

LUX en su contexto
La artista Rosalía a su llegada a la madrileña plaza de Callao el pasado día 20 en una aparición sorpresa para presentar su cuarto álbum, ‘Lux’. EFE/ Juanjo Martín/ Archivo
Xavi Sancho en su entrevista a la artista explica que estamos ante una era de homogeneización de la cultura donde el potencial del nuevo proyecto de Rosalía brilla. Comparto su observación sobre que cada vez es mayor el público «omnívoro» que ha formado sus gustos de manera independiente y sin prejuicios, pero creo que esto solo puede explicarse ante un mainstream cultural cada vez menos homogéneo. Es posible que si solo atendiésemos a la producción dentro de nuestras fronteras pudiésemos salir con esta impresión, pero rápidamente este pensamiento se disipa cuando ahondamos un poco más.
De las listas del top global de Apple Music y Spotify (a fecha de la escritura de este artículo) es complicado sacar un común denominador. Tenemos a la omnipresente Taylor Swift con su polémico The Life of a Showgirl, pero también conviven cosas como Olivia Dean con una propuesta soul muy lograda, sombr con un rock alternativo que aúna una sensibilidad pop con las distorsiones del post-punk o Kenshi Yonezu con un j-pop de lo más excéntrico que hasta hace nada apenas se escuchaba fuera de sus fronteras y de los fans de la animación japonesa. Tampoco podemos ignorar a la recurrencia de canciones con varias décadas de antigüedad que se cuelan en estas listas. Hace un par de años fue Kate Bush, ahora mismo Iris de The Goo Goo Dolls, lanzada en 1998, está situada en el número trece del top global de Spotify. Y esto nos aclara algo: el común denominador, de haberlo, es realmente Tiktok.
Solo a través de la red social de Tiktok se explican éxitos como el The Goo Goo Dolls o el de muchos otros que de otra forma y sin el empuje de sus discográficas no habrían llegado a hacer los números que están haciendo. Tiktok actúa como una fuerza ecualizadora que aunque caprichosa es incapaz de ser ignorada en la industria. Efectivamente el continuo cultural se ha quebrado; es tan relevante en nuestra memoria y como influencia una canción con meses de antigüedad que otra con varias décadas. El qué deja marca ya no es solo decisión de los grandes sellos. Ya no nos fijamos en Kate Bush con nostalgia, sino que vivimos en el presente su éxito y este transmuta con naturalidad en todo lo que se produzca ahora. Cuando algo suena noventero, ochentero o setentero no es un ejercicio de nostalgia, sino que todos estos sonidos resuenan igual de relevantes que las cosas más nuevas. Desde la posición del artista como ser sensible a su entorno esto no se puede ignorar: vivimos en el panorama de todo a la vez en todas partes. Y Rosalía es tan producto de esto como consecuencia natural y como intento consciente para alejarse.
LUX es el resultado de una máquina empatizante, de un pulso movido por la curiosidad y por la herida de nuestro reflejo en los ojos del otro. El corazón de LUX se resume mejor a través de uno de sus versos: «Quepo en el mundo y el mundo cabe en mí». Rosalía ha asumido la inspiración de un panorama que engloba (o lo pretende) toda la música, todas la sensibilidades. LUX es producto del privilegio de poder nutrirse del todo, desde poetas místicos sufís, monjas japonesas, hasta a Björk o la escena tecno berlinesa. Pero también es un intento de coger aire, de ser personal e intransferible; delicado y vulnerable.
Rosalía escribe y compone LUX subida a lomos del pop. Es capaz de auto contemplarse y dirigir su carga hacia estas mismas fronteras porque el pop no se hace y deshace por su carga conceptual. Entendiendo el pop como género y no como fenómeno, durante las últimas décadas se ha adscrito a canciones con trabajos de producción que se supeditan al enfoque en la melodía y a un delivery vocal convencional como elemento central. Pero el pop también se entiende como fenómeno y filosofía por su industria como explica el musicólogo Keith Negus, que cree en la necesidad de explicar los géneros a través del corporativismo y señala que el pop se construye inequívocamente alrededor de la imagen de una estrella. Hay otros autores que defienden que el pop se construye necesariamente sobre fórmulas músicales y hooks reconocibles y pegadizos, pero Lux no tiene nada de eso. Soy consciente de que ninguna de estas definiciones es muy precisa, como no puede ser de otra forma, por lo que nos obligan a limpiar nuestra mirada y acercarse por lo que contiene la obra y no por lo que se adscribe a ella.
Desde un acercamiento transversal y enrevesado como el de la propia Rosalía, es posible definir cómo LUX se cimenta en el pop a través de autores hablando de otros medios; esto es Terry Pratchett hablando de cómo funciona la influencia de algo tan difícil de ignorar como J.R.R. Tolkien:
J.R.R. Tolkien se ha convertido en una especie de montaña, apareciendo en toda su obra fantástica posterior de la misma forma que el monte Fuji aparece con tanta frecuencia en los grabados japoneses. A veces es grande y está en primer plano. A veces es una silueta en el horizonte. A veces no está presente en absoluto, lo que significa que el artista o bien ha tomado la decisión deliberada de no incluir la montaña, lo cual es interesante en sí mismo, o bien está de hecho parado sobre el monte Fuji.
Terry Pratchett, A Slip of the Keyboard: Collected Non-Fiction, «Cult Classic», pp. 73, 86

I was made to divinize
Instantánea de la premier de LUX de Rosalía en Barcelona. Cortesía de Sony Music
Pero escuchemos a Rosalía en sus propias palabras.
Con Sexo, Violencia y Llantas Rosalía se debate entre el mundo y Dios como cosas necesariamente diferentes. Rosalía se acerca a la fe desde el misticismo más globalizante. Desde una tierra construida a base de sangre quiere llegar a la divinidad, pero quiere llevarse esa experiencia de vuelta al mundo. Romper las fronteras entre lo terrenal y el cielo es un clamor en LUX. La enumeración caótica ya se establece aquí como una escalera que transitar, un recurso que va a obsesionar a Rosalía a través de todo el disco y una de sus mayores marcas como letrista:
En el primero, sexo, violencia y llantas
Deportes de sangre, monedas en gargantas
En el segundo, destellos, palomas y santas
La gracia y el fruto, y el peso de la balanza
Rosalía se vale aquí de una parataxis, un recurso que se basa en la sucesión de imágenes en enunciados independientes y que inyecta a la canción de una tensión constante al filo del desbordamiento, una urgencia emocional que acompaña al clamor de la orquesta. A medida que la voz sube cada peldaño en la enumeración la música refleja su tensión. Si Lope de Vega clamaba «huir el rostro al claro desengaño, / beber veneno por licor süave, / olvidar el provecho, amar el daño;» Rosalía lo hace pero hablando de sexo, violencia y llantas.
Un piano sutil acompaña a lo que sirve para describir el mundo terrenal hasta que es interrumpido por unas cuerdas que anuncian la llegada divina que, como su música, parece querer explotar pero no puede llegar a hacerlo del todo. Rosalía no quiere deshacerse de la experiencia en el mundo, coexiste en ella el amor hacia las dos cosas.
Efectivamente Rosalía usa la estética del misticismo, pero creo que hay un error en creer que la usa para desestimar lo mundano en lo favor de lo divino y necesariamente cristiano. La ilusión, su desvanecimiento, la individualidad… Todo ello es gasolina para Rosalía, pero a diferencia de grandes místicas como Santa Teresa de la Cruz que solo vivía por morir, nuestra cantante y letrista no desea separarse de lo que le ata a la tierra. Esta forma de amor es una sacralización del amor divino. Poder amar de la misma forma que se le ama a Dios lo que le rodea en su vida terrenal, sea bonito o feo.
Este amor, como se explica en Reliquia, se basa en la necesidad de dar. «Mi corazón nunca ha sido mío, yo siempre lo doy». Ha habido una serie de críticas desde voces comprometidas socialmente sobre el mensaje de Rosalía sobre la religión. Se ha hablado del ensalzamiento de la cristiandad en LUX como un dog-wisthle, un movimiento peligroso que se suma a una oleada del neoconservadurismo. Y no hay que desestimar estas observaciones, esta oleada es muy real y rastreable en la cultura pop, pero en el caso de este disco creo que caen en un análisis de su contenido que solo se basa en la literalidad y no en la capacidad de un artista en mostrar diferentes prismas sin necesidad de adscribirse a ellos. Junto a esto también se ha hablado de la figura de la mujer en el disco, como no podía ser de otra forma, como figura sumisa.
Bruise me up I’ll eat all of my pride
Amorátame que yo me comeré todo mi orgullo
En Divinize y Porcelana se tantea este reflejo del yo femenino, pero el efecto y el resultado es diferente si indagamos en el subtexto. Se juega con el paralelismo entre lo que se espera de una artista y la autoidentificación de su yo personal e interior, todo a través de la iconografía, ahora sí, estrictamente cristiana. Cuando canta sobre comerse el orgullo y saber que fue hecha para divinizarse hay un baile irónico. «Reza por mi columna vertebral, es un rosario» o «Mi piel es fina, de porcelana / Y de ella emana / Luz que ilumina, o ruina divina» transitan entre lo religioso y lo pagano; no hay un deseo o voluntad por estos hechos, sino que se describen en una lucha por poder autoidentificarse; identificación que crea un portal a sonidos que ya vimos en MOTOMAMI, el menos sacro de sus discos.
Divinize suena a la Björk de canciones como Jóga o Bachelorette donde los sonidos orquestales se cimientan en ritmos electrónicos, aunque en el caso de Rosalía hay un intento, incluso siguiendo esta inspiración, para que estos sonidos sigan siendo íntegramente los de cuerdas y percusión de la orquesta. Pero la inspiración se vuelve intervención divina con Berghain.
Anunciando su propia llegada como lo que es, una intervención divina, Björk aparece en una canción que se formula como un auxilio que cae en oídos sordos:
Sé desaparecer
Cuando tú vienes es cuando me voy
El videoclip explora y desarrolla con ricas metáforas visuales la vulnerabilidad y el poder de la mirada.
Berghain es la vulnerabilidad del que se sabe frágil, la angustia de interpretar un papel con tal de encajar en la visión del subyugador, el que te mira. Esta canción es el punto de inflexión que nos muestra el poder venenoso que puede albergar este tipo de amor que se conjuga en lo divino pero también en las dinámicas machistas de una relación sentimental. Mientras Yves Tumor repite el encantamiento «I’ll fuck you ’til you love me», frase que nace de uno de los momentos más infames de Mike Tyson, atestigua cómo el amor se usa como excusa para la sumisión. Este mantra suena como un maleficio entre ruidos, que aunque orquestales, solo se entienden en estructuras electrónicas. Nuestra protagonista cree poder salvarse solo a través de la intervención divina, pero ¿puede
Desde la sumisión forzada Rosalía sigue con La Perla en una crítica despechada al que en un momento pudo haberla oscurecido. Esta canción abandona cualquier misticismo e iconografía religiosa en favor de una canción que ha logrado alcanzar el top en las listas globales con una propuesta desenfadada que reafirma a la artista como capaz de existir fuera de la divinidad.
El disco continúa explorando estas ideas mientras sigue desarrollando sus sonidos barrocos y blancos. La orquesta sinfónica es la constante, pero de vez en cuando vuelven a lucir los temas flamencos en canciones como La Rumba del Perdón.
LUX cierra con Magnolias con Rosalía fantaseando sobre su propio funeral. ¿Cuál será su legado? En los artistas se tiende a fetichizar la muerte teorizando qué será lo que dejen para la posterioridad. Rosalía obviamente se pregunta esto también, pero por el camino prefiere celebrar la vida del artista que no quiere otra cosa más que dar de sí a todo el que lo escuche, amigo o enemigo. Rosalía está obsesionada con buscar hasta dónde da de sí su visión y su creatividad y creo que en parte por eso el número de colaboraciones es reducida en comparación con otras superproducciones. Pero esta obsesión también es por lo que hagan los demás, por el impulso creativo venga de dónde venga y cuando venga.
Bailando con amor encima de mi cadáver
Hoy se derrocha, burlando su suerte
Y lo que no hice en vida lo hacéis en mi muerte

Mi ilusión era meter aquí el mundo entero. Si cupiera…
Imagen de la edición física, cedida por Sony Music
Un elemento que he ignorado conscientemente hasta ahora ha sido el uso de la cantante de 14 idiomas diferentes que hay a lo largo de LUX. Rosalía ha dejado patente el propósito de este disco de analizar la autoimagen y el deseo de conectar, sea a través de lo divino o lo pagano, y parte de ese esfuerzo se ha reflejado en el multilingüismo. Pero en un disco que se sabe de recepción masiva y donde el concepto se arraiga tanto en la composición de sus letras no puedo evitar pensar que en el uso de tantos idiomas hay algo algorítmico que hace perder fuerza al mensaje. Rosalía quiere aunar todo lo que le ha inspirado y movido en este disco pero por el camino diluye su propio mensaje. Brilla con una capacidad vocal excelsa tanto en catalán, español e inglés, pues son los idiomas que habla, pero cuando canta en cualquier otro es inevitable que la conexión emocional entre la autora y su enunciado se pierda. Rosalía sigue cantando mejor que nadie, pero es su capacidad interpretativa la que queda a segundo plano.
El acercamiento que sí borda es la desacralización de la estética religiosa. Rosalía consigue poder llevar un elemento que es inseparable de la construcción de la cultura de todo el mundo, la religión, al servicio de todo el mundo, creyente o no. Esta desacralización pasa por reapropiar una serie de influencias formales pero también filosóficas para un uso común. Podemos hablar del individuo en la vida moderna o del amor crítico a través de las raíces religiosas, sea para que sirvan de marco del que alejarse o del que reflexionar y evolucionar. Ignoro si Rosalía es creyente convencida y en qué grado, pero mirando la obra por lo que es contenida en sí misma el valor reside en el poder empático que transmite. Por supuesto es importante tener en cuenta que esto no es algo nuevo. La crítica social acierta en que esto se ha permitido a Rosalía por su estatus pero otros muchos artistas que han explorado estos conceptos han sido totalmente avasallados. Y la crítica cultural más afín a Rosalía ha caído muy fácilmente en este pseudointelectualismo.
Esta crítica ha ensalzado a Rosalía como santa salvadora del pop español, y aunque el disco es una producción titánica de muchísimo valor, no es necesario hacer de menos a la escena española para poder ensalzar a LUX. Aunque no sean los más habituales en el top nacional existen artistas como Ralphie Choo, que ha colaborado con la propia Rosalía, de los cuales decir que no habitan el mainstream sería muy naive. Como él muchísimos otros forman parte de una hornada reciente que está llena de talento y pasión por sus productos. La radiofórmula española entiendo que puede llegar a ser desoladora, pero tan solo es una parte y no muy representativa de nuestra industria musical. Toda esta nueva ola está consiguiendo amasar un éxito muy notorio mientras se arriesgan con propuestas experimentales y, de nuevo, personales. Porque Rosalía destaca no porque lo que haya hecho sea mejor, más logrado o pensado que sus coetáneos; destaca por una propuesta muy personal e intransferible. Y no es que no haya sitio para propuestas personales en el pop, es que esta propuesta es la de Rosalía y solo la de ella.
La crítica cultural, en un mundo en el que cada vez se corporativiza más el arte, tiene el deber sincero de no alejarse de la crítica social, pues sociedad y cultura no se entienden por separado. Críticas como las que se hizo a la artista sobre su posicionamiento en el conflicto palestino son pertinentes y síntomas de este corporativismo. Posteriormente ella se ha posicionado como estoy bastante seguro que siempre lo ha estado, pero su silencio previo es fácil de adivinar que se debía a su deber como estrella más convencional, y por tanto debemos señalarlo y debemos poder criticarlo . Pero a la hora de analizar su obra hay que intentar, aunque sea solo intentar, poder verla por sí misma y fuera de la literalidad.
LUX es una propuesta brillante técnicamente y virtualmente perfecta en su escucha. El concepto detrás es el de una artista inquieta que indaga en su raíz de la misma forma que se nutre de todo lo que está más lejos de ella.





