Lo que el brujo perdió en el camino
No es fácil adaptar la saga del brujo. La crudeza de su mundo combinado con el humor ácido del relato es una combinación que funciona muy bien sobre el papel, pero difícil de hacerlo destacar en una adaptación. Más cuando los personajes que pululan por ese mundo a menudo son actores disfrazados más que seres que suscitan empatía. En un contexto fantástico, el personaje debe ser tan real o más que en un novela realista, bien puede lanzar llamas por sus dedos o convertirse en una estatuilla de jade. Pero si esa a la que has convertido en una estatuilla de jade justo antes estaba abusando sexualmente de alguien usando su magia, la empatización resulta imposible. Sobre todo si ese personaje en teoría pertenece al bando del bien.
Desde el principio hice el esfuerzo para que esta obra me gustara, pero al lector de los libros se lo ponen muy difícil. La serie nunca ha estado a la altura del material original. Lo estuvo en ciertos momentos, sobre todo de la primera temporada. Pero teniendo una fuerte inspiración en las novelas, esta serie se compone de elementos narrativamente tan pobres que es difícil mantener el interés por personajes y situaciones. Si escribo esto es por dos motivos: el primero es que si la serie ha conducido a algunos a las novelas, ya ha merecido la pena; el segundo es que, a pesar de la insostenibilidad narrativa, existen esos elementos a rescatar y que, en consecuencia, he podido disfrutar a lo largo de estas cuatro temporadas.
Vamos a analizar, principalmente, lo que ha sido la cuarta. Marcada por la marcha de Henry Cavill, pero obviando en la medida de lo posible ese hecho.
Uno de los puntos fuertes de los libros (del tercero en adelante) es el de centrar toda la atención en Ciri. No de mostrarnos siempre su perspectiva, sino de esbozar toda una serie de personajes tan pintorescos como interesantes partiendo de su epicentro. El más interesante, Geralt, protagonista de los dos primeros, no lo es a partir del tercero. Aún así, sus apariciones llenan tanto las páginas que siempre queremos volver a su relato. Solo sabemos que lo echamos de menos al volver a él, pues en su ausencia aparecen todos esos otros personajes de sumo interés. Cada uno con sus propios planes para el futuro del Continente, y por lo tanto de Ciri. Es este un mundo oscuro lleno de magia en el que el cuento de hadas es retorcido, el misterio al estilo policiaco es recurrente, y las intrigas políticas generan los grandes acontecimientos que golpean a los protagonistas. Son los ingredientes de una saga sobre un viaje en un mundo en el que habitan monstruos.
La tercera temporada ya entraba de lleno en la trama principal: la búsqueda de Ciri por parte de amigos y enemigos. Empieza algo descentrada y los lectores dudamos de si acabará encontrando el camino correcto. Lo encuentra cuando adapta de forma propicia uno de los grandes momentos del cuarto libro: la congregación de los hechiceros. Si no con la misma fuerza, sí con la técnica de ocultar información según la perspectiva de cada personaje para generar tensión. Los tres personajes principales terminaban en puntos alejados del mapa y con un Geralt malherido por Vilgefortz, uno de los villanos principales.
Geralt de Rivia

En los libros, Geralt siente el peso de su fracaso a estas alturas de la historia. Es un brujo, un superhumano, y a pesar de ello percibimos su decadencia. La herida en la rodilla infligida por Vilgefortz y la carga sobre no haber podido proteger a quien más ama le ponen a Geralt una carga dura de soportar. Podemos ver eso en la serie, a lo que se suma que una niña a la que quería proteger es asesinada frente a sus ojos. Geralt es muy diferente a Yennefer, es un Quijote cuyos peligros son muy reales. Geralt busca hacer lo correcto en un mundo envenenado, pues aunque allí sí habitan gigantes y hechiceros, la peor especie es el ser humano. Es imposible hacer justicia en un mundo justo, pero lo es más hacerlo entre la inmundicia. Y a pesar de ello, allí donde aparece el indefenso, el brujo acude. De hecho, uno de los momentos más interesantes de la temporada se produce cuando Geralt cuestiona la moralidad detrás del robo del enano Zoltan. Este se justifica diciendo que él no hace el bien donde no se valora. En el Continente, el bien no es un valor apreciable, aunque eso a Geralt le importa poco.
La temporada acaba con él siendo el caballero que siempre quiso ser. Pero en este mundo las cosas nunca salen como el brujo quiere: debe servir más que proteger. Ahora debe lealtad a otro personaje, la reina Maeve, que apenas nos han presentado. Esta es otra cosa que se echa en falta: un mapa y la información sobre los reyes y reinos del norte. Si las tramas políticas son tan importantes para la historia, convendría conocer bien a quien las mueve.
A pesar de ese carácter caballeresco, aniquila a sus enemigos implacablemente. Literalmente los descuartiza. Para Geralt no hay redención posible para alguien que va a violar a una persona indefensa, y la única redención es la sangre. Se acerca el final para el brujo, aunque no podemos saber si en muerte o jubilación. Si esto es una comedia o una tragedia, está por ver. De lo peor que tiene el nuevo actor es que es más joven que Cavill, y por tanto ese envejecimiento que parecía imposible en el brujo es menos perceptible. Siendo la salida de Cavill una desgracia, hay que asumirlo o morir. Hay una actuación digna en Liam Hemsworth, un Geralt no tan diferente al creado por Henry Cavill al que hay un esfuerzo loable por emular. Puedo decir que el catastrofismo del cambio de actor es asumible al término de la temporada (fuera del bajón de espectadores). Más parco en expresiones, no veo un príncipe en Hemsworth, tal y como he leído por ahí. Además, las escenas de combate es una de las cosas que vuelven a ser tan satisfactorias como aquella del primer episodio de la serie. Hay varias, pero cabe destacar la del episodio 8 de esta cuarta temporada, la cual puse por segunda vez.
Personajes conocidos y por conocer

Yennefer es, a estas alturas, el personaje más interesante, con permiso de Geralt. Aunque creo que su trama en esta temporada cae en el tedio, es un personaje moralmente cuestionable desde el principio, y ahí está el problema. Su propósito de ser poderosa ya no es el único, y cierto es que su perspectiva sobre que los medios justifican el fin son interesantes en un personaje principal. Yennefer tenía más atisbos de villana que de heroína, una niña maltratada llena de ambición. Pero en su evolución, Geralt y Ciri le hacen cambiar la ambición por el amor, el nuevo objetivo al que dirigir su caos. Y sin embargo, las demás magas siguen teniendo que pararle los pies en según qué empleo de la magia. El fin justifica los medios para ella, aunque ese fin ahora sea el amor y no el poder. Efectivamente, Yennefer es muy diferente a Geralt.
Sobre los dos grupos que se forman en esta temporada, el grupo de Geralt es carismático, en general caen todos bien y siempre apetece volver a su travesía. Es uno de los puntos fuertes de la temporada. Sobre los Ratas no puedo decir lo mismo. Es difícil empatizar con ellos. En los libros son víctimas de la corrupción de su mundo. Aquí también, pero es que casi se lo merecen porque no hacen nada en toda la temporada con lo que logren generar apego. En los libros, parte de lo que roban lo dan a la gente, pero aquí ni eso. No caen bien, ni siquiera Mistle y su relación con Ciri. Aunque impacta por la violencia con la que se ejecuta, su masacre era previsible. Y sobre Ciri… es el centro de todas las miradas, pero si no fuera por sus poderes a menudo cuesta entender el porqué.
Regis empieza la temporada siendo un personaje que genera confusión. El no lector no adivina sus intenciones, y eso juega a su favor. Sin embargo, cuando las conocemos, acaba siendo algo cargante. Hemos captado su sabiduría, no hace falta insistir en ella. A veces parece que el narrador toma la voz de Regis para hacer una reflexión metaficcional que como espectadores ya habíamos captado. Una vez más, el mal de jugar las mejores bazas de forma apresurada. Pasó con Emhyr, pasa con Regis y su condición vampiresca. Y en este caso no es tanto el apresuramiento como la forma de hacerlo: la revelación se usa como motivo de humor. Un chiste que juega con la sorpresividad de Jaskier, pero hay otros momentos para hacerlo. Que además los hay, y ese es otro tema en el que creo que la serie no ha encontrado su tono. Hay momentos para la solemnidad y momentos para la comedia, pero se han empeñado en mezclarlos.
La introducción de Nimue y Striborg es de lo mejor de la temporada. La mirada al pasado de una historia que creíamos fielmente relatada genera profundidad en los acontecimientos venideros. Pero me temo que vaya a quedarse en eso.
Villanos

Emhyr van Emreys es un villano un poco desquiciado, alguien del que se revela demasiado en la serie, cuando en los libros su interés reside en esa ocultación de intenciones para con su hija, de lo que no tenemos noticia hasta prácticamente el final de la saga. Se exponen tanto sus intenciones que acaba perdiendo interés, así como la falsa Ciri, a la que le dotan de cierto protagonismo cuando dudo que sea un personaje tan interesante. Y aunque podría serlo, basta con la escena en la que revela su tortura junto a Vilgefortz y el cambio a ser una princesa. Es fácil empatizar. Aquí nos enteramos en el último episodio de la temporada. La Llama blanca da una sensacion de fragilidad cuando debería transmitir lo que transmite el emperador del mayor imperio de su mundo.
Leo Bonhart es un personaje imponente en los libros. Es diferente, aunque su psicopatía desaliñada puede convencer en este medio. La masacre final es impactante, uno de los mejores momentos de la temporada.
Y luego está Vilgefortz. En los libros resulta un personaje aterrador, un mago de poder inconmensurable con el que los protagonistas, a excepción de Ciri, no tienen nada que hacer. En la serie Vilgefortz es un personaje que ya desde su presentación no convencía para llenar un papel como el que se le ha adjudicado, aunque ha ido ganando enteros. Se expone demasiado, sus secuaces parecen inútiles y él tendría que estar a cargo de planes más elevados, aunque igual de perversos.
Un brujo de Netflix

El gran mal de esta serie es su guión. Esto le obliga a presentar sus bazas de forma precipitada, y no alimentando ciertos misterios con paciencia. Ya nos presentaba la identidad del emperador con premura, como si se preocupara constantemente de que los espectadores se van a aburrir, que no van a entender ciertas tramas. Eso genera un problema: tramas políticas tan importantes son tratadas tan de puntillas que el espectador se acaba perdiendo por la inconsistencia. No por corto de miras, sino porque no se han explicado bien. Pasa lo mismo con las hechiceras. Philippa aparece como un personaje secundario cuando en realidad tiene un papel relevante. Triss Merigold es un personaje que ubicamos, pero su rol esta temporada es ser una más para enfrentarse a Vilgefortz.
Esta serie se ha convertido en un producto con elementos destacables en un conjunto defectuoso, que a menudo le cuesta encontrarse a sí mismo. Aunque su brusca bajada de espectadores se debe sobre todo, no me cabe duda, a la marcha de Henry Cavill, no creo que sea su mayor problema. De hecho, por algo debió marcharse un actor que conoce bien los libros.
The Witcher nunca encontró la manera de encajar su engranaje a la perfección, aunque creo que ni siquiera ahora ha terminado de hacerse pedazos. Dejar morir a una de las grandes apuestas de la plataforma no es fácil, a pesar de que muchas otras han sido canceladas por mucho menos. La sensación es que el sino de esta serie ya ha sido marcado. Su conclusión llegará con una precipitada quinta temporada. Dejará un sabor muy agridulce, una oportunidad perdida de momentos destacables como el Geralt de Cavill. Y aún así, estoy seguro de que no será la última adaptación de Geralt de Rivia. La saga lo merece, y el relato de Sapkowski siempre estará ahí.





