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No hay racismo en la eternidad

Crítica a «Los Pecadores» (Sinners)

Sinners basa su originalidad en una historia de terror sobrenatural a través de leyendas antiguas, magia, música y cultura africana.

Racismo, blues, sexo, inmortalidad… La película contiene tantas ideas que unas resonarán más que otras dependiendo del espectador. Todas son interesantes, pues su hibridismo es también su virtud. A excepción, quizá, de la intrusión de la acción desenfrenada en su segunda parte.

Pero vayamos en orden: estamos ante una propuesta original. Su director, Ryan Coogler, ha estado vinculado principalmente a las franquicias de Black Panther y Creed. Esta película se aleja del cine de despacho y se percibe como una historia que su autor realmente quiere contar.

Sinners nos cuenta una historia de terror sobrenatural en la que introduce leyendas antiguas, magia, música y cultura africana. Sin embargo, pone un paréntesis en el que se cuenta cómo dos hermanos gemelos llegan a su pueblo natal en un Mississipi amenazado por el Ku Klux Klan. Han estado recorriendo el mundo, y ahora vuelven para seguir haciendo dinero tras comprender que es la única forma para alcanzar la libertad negra.

Para juntar capital construyen un club de blues en el que, de paso, su gente pueda conectar con sus raíces. Los gemelos Stack y Smoke van reclutando antiguos conocidos para formar parte del nuevo Club Juke. En esto se centra la primera parte: la construcción de los personajes, tanto de los protagonistas como de los secundarios.

Y es exquisita.

La mujer del campesino, que aparece un minuto y tiene dos líneas de diálogo se basta para hacer que extraigamos la fuerte personalidad que la caracteriza.

Justo eso es lo que se echa en falta a una cantidad alarmante de películas de terror actual: la empatización con los personajes. La mayoría se sirven de sus personajes solo porque alguien tendrá que asustarse de lo sobrenatural o el generador del sobresalto. Pero el susto satura cuando la historia pide que el terror provenga de una preocupación por el personaje. Los productos de Mike Flanagan (La maldición de Hill House, La caída de la casa Usher) me entusiasman porque priman este aspecto.

En esta película se quiere contar una historia de terror sobrenatural, pero se pone el foco en el desarrollo de los personajes. Sin embargo, la construcción narrativa de la primera parte es tan potente que para cuando llega la segunda la película se convierte en un festival del desinterés. El cambio de tono al desenfreno es anticlimático, y el ritmo se diluye hasta perder el interés. Pero la pérdida de la fascinación se debe a la acción, no a lo sobrenatural.

Pero volvamos a los aspectos positivos. Su manera de hablar del racismo es honesta y auténtica. La segregación consecuente combinado con el tema de la eternidad es, de todo, lo que me resulta de mayor interés. Para lo eterno, lo sagrado o lo trascendente el racismo no es que carezca de interés, es que no existe. Que se lo digan a los vampiros: no hay nada más igualitario que la muerte. Y estos, como seres in-mortales, con toda la malevolencia que lo diabólico implica, no contemplan ni siquiera lo absurdo que resulta el color de la piel. La película sugiere este asunto que, sin embargo, en parte olvida cuando la violencia se desata.

Por su parte, los hermanos protagonistas, Stack y Smoke, interpretados ambos por un soberbio Michael B. Jordan, han dado la vuelta al mundo para aprender cómo funciona el ser humano moderno. Estos gemelos, cegados por el poder del dinero, han olvidado algo: sus raíces hablan de algo más allá de lo humano. Tanto los personajes del primo, Sammy el músico, como Annie, la mujer de Smoke, vuelven a sus vidas para recordarles un mundo que han olvidado. Sammy representa la figura del griot, aquel que es capaz de establecer el vínculo entre en lo humano y lo sagrado, el presente con el futuro. En la cultura africana, el griot es una figura similar al bardo, aquel que recoge historias de manera oral y se encarga de transmitirlas. Pero en esta película se le suma un componente sobrenatural, por el que también sería una especie de médium que logra conectar los dos mundos a través de su voz y su instrumento.

A la idea del racismo y la inmortalidad se suma la libertad de los negros durante una noche. También es potente y está bien expresada. El blues hace vibrar en esa fiesta en la que se toca al ritmo de la liberación de toda una cultura esclavizada durante siglos. La expresión de esa cultura está aquí en la figura del griot, que vincula música, leyendas, cultura y espiritualidad en una danza que, al final, convoca al mal a la fiesta. Y lo convoca tanto en el plano intradiegético como en el extradiegético: el mal no llega solo al interior de la historia, sino al exterior, a la película en su conjunto.

La llegada de los vampiros y la masacre se debe a la conexión del blues con lo espiritual, es una construcción narrativa con una lógica interna y una coherencia intactas. Pero entonces, ¿por qué esa segunda parte es insatisfactoria? No es por el hibridismo de temas y géneros o por el cambio de trama hacia lo sobrenatural, sino por un cambio en el tono. La acción dramática adquiere un cariz grotesco, absurdo, que sin embargo es autoconsciente. Es un Abierto hasta el amanecer negro, pero su exageración saca de la película. No le viene bien ni el humorismo ni el género musical respecto a los vampiros, por mucho que construya una analogía sobre la dominación y el papel de los irlandeses. La segunda parte es una película tarantinesca mal ejecutada.

A esa segunda parte le falta la sutileza y la profundidad de la que la primera iba bien provista. Es una pena que el tema del vampiro sea expuesto con tanta exuberancia cuando podría ser algo amenazante, que acecha desde las sombras. Quizá con ese tono de Eggers en La Bruja o incluso, en otro nivel, del Midsommar de Ari Aster. Y aunque entiendo ese homenaje a Abierto hasta el amanecer, que la amenaza se ponga a cantar y a bailar pierde su rasgo amenazante. Se torna ridículo y la danza sangrienta desfasa hasta el punto de que apenas importa quién está muriendo.

A pesar de esa segunda parte, el final recupera levemente la originalidad y el mensaje narrativo que propone. La pena es que entonces ya solo pone una tirita en una perforación de estaca. Aún así, la recomiendo enormemente. Es una gran diversión con ideas que rescatar. No innova sobre el mito del vampiro, pero sí sobre su relación con lo humano y el racismo. Esa primera parte, sobre cultura africana, música, segregación y el propósito de construir una cantina de blues en un contexto de predominio blanco, es exquisita.

Aitor Marqués M

Aitor Marqués M

Literatura y cine. Una buena historia no depende del medio, sino del modo. No es la que ocurre, sino la que podría haber ocurrido; en este mundo o en otro. Hablemos de ellas a la luz de la hoguera, hablemos de ellas en Rohen.

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