El conflicto sobre el lienzo
Baltimore se desarrolla en el episodio más intenso de la vida de Rose: el robo de diecinueve cuadros para pagar el rescate de dos presos del IRA. Nacida en la más pomposa riqueza, Rose Dugdale se radicaliza ante la cada vez más aparente injusticia que atraviesa todo Irlanda del Norte. Contra la pobreza causada por la ocupación colonial inglesa, Rose utiliza su propio estatus como arma. Criada entre obras de arte amasadas únicamente por y para el status, aprovecha su familiaridad con este mundo paralelo en un acto tan rebelde como de justiciero.

Con un presupuesto relativamente limitado, Lawlor y Molloy hacen uso de pocos escenarios, centrándose especialmente en la casa rural que Dugdale alquila para esconderse junto con los cuadros robados tras el atraco. Pero la película lo compensa con una cinematografía que, lejos de ser bombástica, es siempre muy interesante. Esto le da a la película una intensidad que se ve reforzada por la inquietante banda sonora compuesta por Stephen McKeon (Black Mirror).
La obra de Joe Lawlor y Christine Malloy no puede considerarse del todo un thriller. El adn de su trama, una heist movie, sí podría llevarnos a esta idea, pero por el contrario se desarrolla como un drama tenso pero atemperado. En varias entrevistas, ambos autores hablan de cómo querían capturar en su película la estructura de una pintura tríptica: tres paneles en tres tiempos de entre los que vamos saltando repetidas veces durante todo el metraje. Y ya no es solo en la estructura que nos da la agresiva edición, podemos observar Baltimore y su narrativa como analizaríamos un cuadro, yendo de lo concreto a lo general, del detalle al conjunto.
Ante todo Baltimore es una historia de personajes íntima en su psicología. No le interesa la acción del robo en sí, sino cómo cada personaje, y en especial el de Rose Dugdale, navega una situación surreal y a veces patética. La inseguridad, el fanatismo, la compasión, la rabia… Todo ello pinta un retrato mucho mayor que nos habla de cómo cada individuo vive su situación material. Este retrato no es del IRA, tampoco lo es de Irlanda y de su gente, sino de personas con nombre y apellidos. La actuación de Rose por Imogen Peets termina de canalizar esta idea con un papel lleno de matices y sin ningún histrionismo, porque el personaje es ante todo una persona que sobrepasada por sus circunstancias hace lo que cree que es lo mejor, pero siempre llena de dudas e inseguridad.





